Bárbara Areal • Comisión Ejecutiva de Izquierda Revolucionaria - Libres y Combativas

Hace cien años, el francés Charles Fourier, uno de los primeros grandes propagandistas de las ideas socialistas, escribió estas memorables palabras: En toda sociedad, el grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general. 

Rosa Luxemburgo

Mujeres que desde niñas han experimentado la humillación, el abuso, la violencia y la explotación, se rebelan en todo el mundo. No acaban de descubrir su opresión, pero están encontrando el camino de su emancipación. Ante nuestros ojos se está produciendo un acontecimiento histórico que supone una ruptura con el pasado.

En el Estado español, como en tantos lugares, cientos de miles de mujeres trabajadoras y jóvenes protagonizan un movimiento imponente. Para hacernos una idea de la magnitud de este proceso, basta comparar la participación en las manifestaciones del 8 de Marzo en Madrid en los últimos años: de 15.000 personas en 2016 a un millón en 2018, cifra que volvió a ser superada en 2019.

Ha sido necesaria una virulenta crisis del capitalismo para que se alzara una ola de semejante envergadura. Y, como en ocasiones anteriores, el movimiento de liberación de la mujer vuelve a ser atravesado por un conflicto ideológico entre el feminismo del sistema y el feminismo revolucionario, reflejando la presión de las diferentes clases dentro del movimiento.

Internacionalismo

En América Latina hemos asistido a una explosión de rabia y determinación de millones de oprimidas. Tras la bandera de Ni una menos, el levantamiento contra los feminicidios ha conectado con la lucha por la legalización del aborto en Argentina, con el rechazo a Bolsonaro en Brasil de cientos de miles de mujeres al grito Ele Não, con las huelgas de las obreras maquiladoras de los estados norteños de México.

En EEUU, Donald Trump, el presidente del país más poderoso del planeta, tampoco ha podido escapar a esta furia. En Europa nos emocionamos en 2016 con el Lunes Negro, cuando decenas de miles de mujeres polacas se declararon en huelga contra la prohibición del aborto, y también celebramos en 2018 la gran victoria en el referéndum por su legalización en Irlanda, ese asalto victorioso a la fortaleza milenaria de la Iglesia católica y a su política contra los derechos de la mujer. El tsunami lo inunda todo. En la India, el segundo país más poblado del mundo, y donde somos consideradas seres “impuros” por la moral podrida de la clase dominante, cinco millones de mujeres formaron una cadena humana de 620 kilómetros para denunciar su opresión ancestral.

La lucha por nuestra liberación ha dado un salto colosal, convirtiéndose en un fenómeno político que nadie puede ignorar. Y, a pesar de la obsesión de los grandes medios de comunicación y la opinión pública burguesa por ocultar las fuerzas motrices de este movimiento, el papel absolutamente decisivo de las mujeres de la clase obrera —trabajadoras, paradas, jóvenes, amas de casa, jubiladas— está fuera de duda, confiriéndole su dimensión de masas y su carácter combativo y anticapitalista.

¿Por qué ahora?

Marx afirmó que el ser social determina la conciencia. Se trata de una idea sencilla y a la vez profunda: nuestra forma de entender el mundo está determinada, en última instancia, por nuestras condiciones materiales de existencia.

La gran recesión de 2008/09, y sus consecuencias económicas y sociales de largo alcance, ha impulsado con fuerza la llamada “cuarta ola feminista”. Los continuos recortes en sanidad, educación, vivienda, salarios y pensiones públicas, aplicados por todos los gobiernos del mundo, se llamen liberales, conservadores o socialdemócratas, han infligido un intenso sufrimiento. Y sus efectos han golpeado duramente a las mujeres trabajadoras, redoblando la carga que pesa sobre nuestras espaldas.

La retirada de las ayudas a la dependencia en los países capitalistas desarrollados incrementó las horas que dedicamos al cuidado de enfermos y ancianos; igualmente, la supresión de las becas de comedor y el encarecimiento de las plazas públicas en escuelas infantiles multiplicó el tiempo que entregamos a la crianza. La austeridad pretende volver a encerrarnos en las cuatro paredes del hogar. Por otra parte, la sobreexplotación nos obliga a muchas de nosotras a renunciar a la maternidad para no ser expulsadas del mercado laboral. Todo esto es violencia, aunque sea completamente legal.

El capitalismo, en esta fase de su decadencia orgánica, arremete con fuerza para arrebatarnos derechos sociales, económicos y políticos, preparando al mismo tiempo una encarnizada lucha de clases. Esto es lo que explica el asombroso movimiento de la mujer por su liberación.

¿Qué lo hace tan poderoso?

Esta crisis tan excepcional está teniendo profundos efectos en la conciencia, alimentando la polarización y el giro a la izquierda entre amplios sectores de la clase obrera y la juventud, lo que alumbra grandes transformaciones políticas.

La oleada revolucionaria que recorrió América Latina, la Primavera Árabe, la llegada de Syriza al gobierno en Grecia, la fundación de Podemos en el Estado español, la irrupción de Bernie Sanders en EEUU, el ascenso de Jeremy Corbyn en Gran Bretaña, pero también los éxitos electorales del populismo reaccionario y de extrema derecha, la crisis de la socialdemocracia y de los partidos conservadores tradicionales, la decadencia de la democracia parlamentaria…, son acontecimientos que sólo encuentran un paralelismo histórico en los años setenta y en las décadas de entreguerras del siglo XX.

Las convulsiones en la izquierda reflejaron movimientos masivos que desbordaron y cuestionaron la estrategia de paz social de las viejas direcciones reformistas, tanto sindicales como políticas. Fue el caso de las sacudidas revolucionarias latinoamericanas, del 15-M en el Estado español, de Occupy Wall Street o Black Lives Matter en EEUU, o del movimiento de los “chalecos amarillos” en Francia.

Este ambiente de rebelión, de politización y cuestionamiento del sistema, ha sido el caldo de cultivo que ha inspirado a millones de mujeres a declarar la guerra al machismo, reivindicando las ideas de Rosa Luxemburgo: “La actual lucha de masas a favor de los derechos políticos de la mujer es sólo una expresión y una parte de la lucha del proletariado por su liberación. En esto radica su fuerza y su futuro...”2.

Las raíces de nuestro movimiento

Tenemos la fortuna de vivir uno de esos momentos históricos que abren la posibilidad de transformar el mundo. Por eso debemos estudiar el legado de quienes nos precedieron en esta larga y memorable lucha.

En la primera insurrección obrera de la historia, la Comuna de París de 1871, las revolucionarias formaron parte de esa vanguardia que “asaltó los cielos”. Una de aquellas extraordinarias militantes, Louise Michel, escribió: “Las mujeres no se preguntaban si una cosa era posible, sino si era útil, y entonces lograban llevarla a cabo. (…) Con la bandera roja al frente habían pasado las mujeres; tenían su barricada en la plaza Blanche. Estaban allí Elisabeth Dmihef, la señora Lemel, Malvina Poulain, Blanche Lefebvre, Excoffons, (…) Más de diez mil mujeres diseminadas o juntas, combatieron por la libertad en los días de mayo”3.
La historia de nuestro movimiento no tiene nada que ver con una supuesta hermandad de género que nos mantiene unidas en la misma barricada. Por el contrario, es la crónica de un conflicto permanente, que en momentos críticos se convirtió en una cuestión de vida o muerte.

En la Comuna de París hubo mujeres que se situaron tanto en el campo de la revolución como en el de la contrarrevolución y, tras la victoria de esta última, la crueldad con las vencidas y los vencidos probó que por encima de nuestro género hay una diferencia irreconciliable entre nosotras: la clase a la que pertenecemos. “En los almacenes de la estación del Oeste —escribe Lissagaray— había 800 mujeres. Por espacio de varias semanas, estas desgraciadas tuvieron que dormir sobre unos puñados de paja, sin poder mudarse siquiera de ropa. Al menor ruido se precipitaban sobre ellas los guardias, golpeándolas en los pechos. Charles Mercereau, veterano cent-gardes, tenía a su cargo aquella sentina, hacía amarrar a las detenidas que no le caían en gracia, las golpeaba con su bastón, paseaba por sus dominios a las bellas damas de Versalles, curiosas de ver petroleras [así llamaban a las revolucionarias despectivamente], y decía delante de ellas a sus víctimas: ‘Vamos pícaras, bajad los ojos”4.

Desde sus primeros pasos, el movimiento por los derechos de la mujer quedó marcado por esta división que llega hasta nuestros días. A un lado, las mujeres pertenecientes a la burguesía y muchas de la pequeña burguesía, que han alcanzado o aspiran a ocupar un lugar en la élite acomodada del capitalismo. Enfrente, las mujeres trabajadoras, cuya genuina emancipación es imposible sin transformar de raíz la sociedad. Ni la opresión de género ni de clase son vividas igual por estos dos sectores.

La contradicción que señalamos está registrada en la prehistoria de lo que se ha venido en denominar “movimiento feminista”. La famosa dirigente sufragista inglesa Emmeline Pankhurst, fundadora en 1903 de la Unión Social y Política de las Mujeres y que lideró el derecho al voto femenino en aquel período, no dudó en posicionarse durante la Primera Guerra Mundial a favor del Imperio británico en su opresión a los pueblos coloniales. Su completa identificación con los intereses de la burguesía quedó probada en su furibunda campaña contra la Revolución rusa. Esta abanderada del imperialismo y el anticomunismo se unió en 1926 al Partido Conservador.

Completamente opuesto fue el camino elegido por una de sus hijas, Sylvia, quien no sólo declaró su rechazo a la guerra y el colonialismo, sino que evolucionó hacia el marxismo y apoyó de forma entusiasta la Revolución de Octubre. Su inquebrantable compromiso con los derechos de las mujeres y los oprimidos, la convirtió en una de las fundadoras del Partido Comunista de Gran Bretaña.

La inmensa mayoría de las dirigentes feministas de finales del siglo XIX y principios del XX que no cuestionaron el capitalismo, se transformaron en defensoras de los intereses de la clase dominante y sus políticas criminales. Las posiciones de Emmeline Pankhurst no fueron una excepción.

En 1893, la Asociación Nacional Americana por el Sufragio Femenino, presidida por Susan B. Anthony, aprobó la siguiente resolución: “Se resuelve. Que sin expresar opinión alguna sobre las condiciones apropiadas para ejercer el derecho al voto, llamamos la atención sobre el hecho significativo de que en todos los Estados el número de mujeres que saben leer y escribir excede el número total de votantes masculinos analfabetos; de que el número de mujeres blancas que saben leer y escribir supera la suma de todos los votos negros; de que hay más mujeres estadounidenses que saben leer y escribir que votantes extranjeros; y, por lo tanto, de que la concesión del voto a estas mujeres zanjaría la inquietante cuestión de ser gobernados por analfabetos, ya sean de origen extranjeros o nacional” 5. Sobra decir que los analfabetos de aquella época eran los trabajadores, los inmigrantes, los pobres y los negros.

Teóricas contra el marxismo

El enfoque feminista que desprecia la opresión de clase, y envuelve su disputa por compartir el poder económico y político como la gran causa de la igualdad de “género”, ha logrado un gran respaldo académico y mediático. Las llamadas políticas de identidad y el feminismo transversal actuales no son más que una continuación de la batalla ideológica contras las posiciones socialistas y clasistas que existe desde el inicio del movimiento de liberación de la mujer. A pesar de todos los años transcurridos y los importantes cambios que se han producido, su esencia sigue siendo la misma.

El anticomunismo de las dirigentes sufragistas tuvo su continuidad en el antimarxismo de revelantes feministas del siglo XX y XXI. Y no es menos cierto que numerosas pensadoras “radicales”, cuyas obras teóricas han marcado la evolución del feminismo oficial de “izquierdas”, han gastado muchas energías en acusar al marxismo revolucionario de representar una escuela de pensamiento incapaz de entender la “cuestión” de la mujer. Lugares comunes basados en la tergiversación, la manipulación o directamente la falsificación, han acampando cómodamente entre un amplio sector del feminismo con sede en facultades y círculos de clase media.

A finales de los años sesenta, Kate Millet —feminista, escultora, filósofa y cineasta estadounidense— dedicó parte de su obra a esta tarea, llegando a distorsionar groseramente las posiciones mantenidas por Engels. Tomando como referencia El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado —libro que establece los fundamentos materialistas de la opresión de la mujer a lo largo de la historia — Millet afirma que las “aserciones de Engels no hacen sino delatar su formación victoriana”6, y no duda en presentarlo como un mojigato provinciano, con una visión estrecha de la sexualidad de la mujer. Para Millet, la obra de Engels “hoy en día cobra cierto acento patético”7, y lo acusa de “ignorar que, al igual que los ricos, o incluso más que ellos, los pobres consideraban a la mujer un objeto personal, tanto desde el punto de vista emocional como psicológico”8.

Igual opinión le merecen a Kate Millet otros teóricos marxistas como Lenin y Trotsky, para llegar a la conclusión de que el marxismo no sirve: “Un motivo todavía más profundo es el hecho de que la teoría marxista se limitó a condenar la familia coercitiva, sin aportar una base ideológica suficiente para una revolución sexual. Además se mostró extraordinariamente cándida en lo tocante a la fuerza histórica y psicológica del patriarcado. Engels no había proporcionado más que un análisis histórico y económico de la familia patriarcal, que no contenía una auténtica investigación de los hábitos mentales inculcados por ésta. El mismo Lenin admitió que no se había llegado a una comprensión adecuada de la revolución sexual ni de los procesos sociales y sexuales más amplios, aunque afirmó repetidas veces que no los consideraba lo bastante importantes como para hablar de ellos. Trotsky, que no se dignó abordar el tema de la sexualidad en ese manual práctico que pretendía ser Everyday Questions (Problemas de la vida cotidiana), critica con vehemencia el vacío ideológico, el fracaso soviético y la regresión estalinista en La revolución traicionada, pero tales juicios, emitidos en 1936, no constituyen sino una percepción tardía de lo que debía haberse hecho”9.

Toda esta hostilidad que, como veremos, recurre obscenamente a la amalgama, expresa la pugna del feminismo del sistema contra el feminismo revolucionario, entre quienes admiten en sus filas a burguesas que explotan a hombres y mujeres, y quienes distinguimos entre opresoras y oprimidas. Kate Millet es una de las representantes más autorizadas del feminismo transversal y las políticas de identidad, y así lo plasmó en su célebre libro: “Las distinciones políticas y sociales más elementales no se basan en la riqueza o el rango, sino en el sexo”10.

De este nutrido grupo de pensadoras destaca en la actualidad Silvia Federici. Invitada habitual en conferencias y actos feministas en universidades de todo el mundo, Federici ha dedicado grandes esfuerzos a explicar que ni el marxismo ni el programa de la revolución socialista son la herramienta de nuestra emancipación. Sus posiciones idealistas y ahistóricas, y recientemente sus declaraciones a favor de la regulación de la prostitución, le han granjeado el respaldo de muchos círculos intelectuales y académicos de la posmodernidad radical, que ven en los escritos de Federici un guía para su acción individualista lejos de cualquier contaminación de “clase”.

Federici no se anda por las ramas. En su opinión, el fundador del socialismo científico era un machista: “No nos referimos únicamente a esa dosis de chovinismo masculino que ciertamente Marx compartía con sus contemporáneos (y no solo con ellos). (…) Conforme avanza el tiempo, ha aumentado la asunción de que el marxismo, filtrado a través del leninismo y la socialdemocracia, ha expresado los intereses de un sector limitado del mundo proletario, el de los trabajadores masculinos blancos adultos”11.

En honor a la verdad, Federici recoge los jirones polvorientos de la crítica al marxismo que ya emprendieron otros teóricos del empirismo filosófico norteamericano, de la socialdemocracia o del anarquismo, aunque sin el refinamiento de muchos de ellos. Pero sus afirmaciones lejos de constituir comentarios agudos de una crítica científica, están llenos de superficialidad y desconocimiento de la obra teórica y práctica de Marx, Engels y del movimiento revolucionario posterior.

El bucle patrocinado por Millet no cesa de repetirse incluso entre el supuesto feminismo “anticapitalista”. Sandra Ezquerra considera que “las mujeres no hemos sido las únicas excluidas en algún momento u otro de las reivindicaciones sindicales y del marxismo”12, y Cyntia Arruza afirma que “la respuesta de Engels no es satisfactoria”13. Así, los prejuicios y la ideología de la clase dominante, trasmitidos con la fuerza de la costumbre por los medios académicos, penetran ampliamente en los círculos dirigentes del movimiento feminista.

El origen de nuestra opresión

Para resistir los intentos de asimilación ideológica de la clase dominante destinados a domesticar nuestro movimiento, necesitamos contar con una sólida base teórica que explique los orígenes y fundamentos de nuestra opresión como mujeres. La educación, los grandes medios de comunicación, el cine o, incluso, los juegos infantiles… están diseñados para que ‘mamemos’ desde que nacemos los valores que sustentan el capitalismo: la opresión de clase, de género, de raza, nacional...

El marxismo sostiene que la opresión de la mujer y el patriarcado surgen sobre bases económicas. Nuestra discriminación no tiene su origen en características biológicas, sino que es el reflejo de la organización de la sociedad en un determinado estado de desarrollo. Por tanto hay que señalar de entrada que no es cierto que el modelo de familia patriarcal dominante en la actualidad, y que nace de la actual sociedad de clases, sea el único en que se ha organizado la humanidad.

Engels, tan vituperado por el feminismo burgués y pequeñoburgués, analizó la aparición del patriarcado a partir de una investigación rigurosa de las condiciones objetivas y subjetivas del pasado de la humanidad, desde la comunidad primitiva, las transformaciones realizadas en Grecia y en Roma hasta la creación del Estado, o el desarrollo del capitalismo y la familia burguesa. Aunque sus textos puedan tener algunas carencias producto del nivel de las investigaciones antropológicas e históricas del momento, las conclusiones fundamentales de su trabajo han sido confirmadas tanto por la ciencia como por la lucha de clases de los siglos XX y XXI.

Inspirado por los estudios de Lewis H. Morgan14, Engels afirma: “Hasta 1860 ni siquiera se podía pensar en una historia de la familia. Las ciencias históricas se hallaban aún, en este dominio, bajo la influencia de los cinco libros de Moisés. La forma patriarcal de la familia, pintada en esos cinco libros con mayor detalle que en ninguna otra parte, no sólo era admitida sin reservas como la más antigua, sino que se la identificaba —descontando la poligamia— con la familia burguesa de nuestros días, de modo que parecía como si la familia no hubiera tenido ningún desarrollo histórico”15. Y continúa: “Morgan llega, de acuerdo con la mayor parte de sus colegas, a la conclusión de que existió un estadio primitivo en que en el seno de la tribu imperaba la promiscuidad sexual, de modo que cada mujer pertenecía por igual a todos los hombres y cada hombre, a todas las mujeres”16.

Los primeros agrupamientos humanos desconocían la propiedad privada, las clases y la opresión de la mujer. “No puede haber pobres ni necesitados; la familia comunista y la gens conocen sus obligaciones para con los ancianos, los enfermos y los inválidos de guerra. Todos son iguales y libres, incluidas las mujeres”17. “Una de las ideas más absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII es la opinión de que en el origen de la sociedad la mujer fue la esclava del hombre”18.

¿Qué produjo un cambio tan profundo en las relaciones humanas? Engels explica: “Sin embargo, en el marco de esta sociedad basada en los lazos de parentesco, la productividad del trabajo aumenta sin cesar, y con ella se desarrollan la propiedad privada y el intercambio, las diferencias de fortuna, la posibilidad de emplear fuerza de trabajo ajena y, por consiguiente, la base de los antagonismos de clase (…) Se trata de una sociedad en la que el régimen familiar está completamente sometido a las relaciones de propiedad y en la que se desarrollan libremente las contradicciones de clase y la lucha de clases, que constituyen el contenido de toda la historia escrita hasta nuestros días”19. Esta conclusión no ha perdido un ápice de vigencia.

Patriarcado y capital: un matrimonio duradero

El patriarcado nació junto a las clases sociales, hundiendo sus raíces en la desigualdad de patrimonio que alumbró una sociedad en la que crecía la diferenciación entre individuos que explotaban o eran explotados. “A consecuencia del desarrollo de todas las ramas de la producción (ganadería, agricultura, oficios manuales domésticos), la fuerza de trabajo humana iba haciéndose capaz de crear más productos de los necesarios para su sostenimiento. (…) Los rebaños constituían la nueva fuente de sustento. Al principio su domesticación y después su cuidado eran trabajo del varón. Por eso el ganado le pertenecía, así como las mercancías y los esclavos que obtenía a cambio de él. Todo el excedente que dejaba ahora la producción pertenecía al hombre. La mujer participaba en su consumo, pero no en su propiedad” 20.

El papel social de la mujer sufrió un cambio radical: “En el antiguo hogar comunista, que comprendía numerosas parejas conyugales con sus hijos, la dirección del hogar, confiada a las mujeres, era una industria pública y tan necesaria socialmente como la obtención de los víveres por los hombres. Las cosas cambiaron con la familia patriarcal y todavía más con la familia individual monogámica. El gobierno del hogar perdió su carácter social. La sociedad ya no tuvo nada que ver con ello. El gobierno del hogar se transformó en servicio privado y la mujer se convirtió en la criada principal, sin tomar ya parte en la producción social”21.

De esta manera, mediatizado por el avance de las fuerzas productivas, se alumbró la “primera forma de familia que no se basó en condiciones naturales, sino económicas, concretamente en el triunfo de la propiedad privada sobre la propiedad común primitiva”, que estableció la “preponderancia del hombre en la familia y la procreación de hijos que sólo pudieran ser de él destinados a heredarle: tales fueron, abiertamente proclamados por los griegos, los únicos objetivos de la monogamia”22.

Es cierto que Engels adolece de una visión incompleta sobre el papel de la mujer en las primeras comunidades humanas cuando escribe sobre “su ocupación exclusiva en las labores domésticas”23. Estudios antropológicos actuales nos presentan un papel mucho más activo de nuestras antepasadas en la tarea de lograr el sustento que garantizaba la supervivencia del grupo, recolectando y también cazando pequeños animales que aportaban una parte decisiva del alimento. Sin embargo, este déficit en absoluto puede ser achacado a una mentalidad machista sino a los límites de la investigación científica y arqueológica de la época.

Engels desmonta el enfoque y los prejuicios machistas del pensamiento académico de su momento con una gran solidez teórica. Por ejemplo, cuando denuncia que los nuevos lazos conyugales de la familia patriarcal ya no pueden ser disueltos por deseo de una de las partes, sino que “sólo el hombre puede romper esos lazos y repudiar a su mujer”. Engels también señala que es al hombre a quién “se le otorga el derecho de infidelidad conyugal (…) que se ejerce cada vez más ampliamente a medida que progresa la evolución social”, mientras que si “la mujer se acuerda de las antiguas prácticas sexuales y quiere reavivarlas, es castigada con más rigor que en ninguna otra época anterior”24.

Estos párrafos, y muchos más, siempre quedan ocultos en las referencias manipuladas a las que nos han acostumbrado las pensadoras feministas antimarxistas. Sólo partiendo de una arrogancia y un ego desmesurados se puede despreciar el papel de estos pioneros y pioneras, cuya audacia intelectual abrió nuevos senderos al conocimiento humano.

La tesis central de Engels ha sido brillantemente confirmada por decenas de estudios antropológicos modernos. Por falta de espacio solo citaremos tres de ellos.

La prensa internacional destacó una publicación de 2015 en la revista Science25: “Un estudio muestra que las tribus de cazadores-recolectores se guiaban bajo principios igualitarios, sugiriendo que la desigualdad fue una aberración que llegó con la agricultura. (…) El descubrimiento desafía la idea de que la igualdad sexual es un invento moderno, sugiriendo que ha sido la norma durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva. Mark Dyble, el antropólogo que condujo la investigación en la Universidad College de Londres, declaró: ‘Todavía existe la extendida impresión de que los cazadores-recolectores eran machistas o dominados por hombres. Nosotros defendemos la idea de que la desigualdad nació con el advenimiento de la agricultura, cuando la gente pudo empezar a acumular recursos”26. Dicho estudio “asegura que es muy probable que las primeras sociedades se erigiesen sobre principios absolutamente igualitarios”27.

Pilar Bonet, directora del Museo de Prehistoria de Valencia, explica: “La sociedad prehistórica era más igualitaria que la sociedad moderna. Al menos, por lo que respecta al reparto de tareas entre los hombres y las mujeres. Puede parecer sorprendente, pero no lo es. (…) Y no hace falta remontarse en el tiempo para comprobarlo. Las comunidades amazónicas que subsisten aún, inmersas en la naturaleza, atestiguan estas pautas de comportamiento”28.

Por su parte, Coral Herrera Gómez, citando el trabajo de antropólogas como Francisca Martín-Cano Abreu, defiende que “tanto en las familias paleolíticas como en las neolíticas la mujer gozaba de un gran poder social y económico, dado que era la que aportaba los dos tercios de las calorías necesarias para la supervivencia del grupo. Tenía autonomía para moverse e ir a cazar o recolectar, y su doble aportación económica y reproductiva le permitía tener poder político y religioso. (…) Gracias a estos nuevos aportes con enfoque de género de la antropología y otras ciencias sociales, hoy es fácil suponer que las mujeres prehistóricas no dependían de su pareja, dado que la estructura social en la que vivían era el clan, en el que niños y niñas eran criados por la comunidad en conjunto. Eran muchos los ojos que custodiaban y ayudaban a la supervivencia de los seres más vulnerables del clan, y es fácil suponer que las mujeres gozaban de libertad de movimientos y que su reclusión en el espacio doméstico, según Engels, aparecería con la propiedad privada y la transmisión del patrimonio”29.

Lo verdaderamente reseñable de la obra de Engels es su capacidad para llegar a conclusiones tan avanzadas. Al igual que en otras de sus obras, como El papel de trabajo en la transformación de mono en hombre, su dominio del materialismo histórico le permite superar las limitaciones de las herramientas científicas a su disposición.

La verdad es concreta

El movimiento marxista nunca ha rechazado la polémica, es más, sin ella y el contraste de las ideas con la experiencia práctica es imposible avanzar. Pero en este caso hay que abrirse paso entre una montaña de calumnias y falsificaciones dignas de la escuela estalinista.

El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, una obra publicada en 1884, ¡hace más de 130 años!, es increíblemente novedosa y revolucionaria. Su denuncia de la opresión de las mujeres es tan incondicional como demoledora, y es realmente chocante que los prejuicios políticos y de clase de las teóricas radicales anteriormente citadas, ninguneé una aportación tan sustanciosa.

“El primer efecto del poder exclusivo de los hombres, desde el punto y hora en que se fundó —escribe Engels—, lo observamos en la forma intermedia de la familia patriarcal, surgida en aquel momento. La principal característica de esta familia no es la poligamia, que luego abordaremos, sino la organización de cierto número de individuos, libres y no libres, en una familia sometida al poder paterno del jefe de la misma (...) En un viejo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y por mí, encuentro esta frase: ‘La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos’. Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la opresión del sexo femenino por el masculino”30.

¿Qué tiene esto que ver con las manipulaciones del marxismo que muchas pensadoras feministas han repetido como un mantra?

Las acusaciones vertidas desde los años sesenta sobre el supuesto desprecio del marxismo a la libertad sexual de las mujeres, fueron contestadas por Engels mucho tiempo atrás describiendo lo que la sociedad socialista podrá ofrecer al respecto: “así desaparecerá el temor a ‘las consecuencias’, que es hoy el más importante motivo social —tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista económico— que impide a una joven soltera entregarse libremente al hombre a quien ama. ¿No bastará eso para que se desarrollen progresivamente unas relaciones sexuales más libres y también para hacer a la opinión pública menos rigorista acerca de la honra de las vírgenes y la deshonra de las mujeres?”31.

Y continúa: “Así pues, lo que podemos conjeturar hoy acerca de la regularización de las relaciones sexuales después de la inminente supresión de la producción capitalista es, más que nada, de un orden negativo y queda limitado principalmente a lo que debe desaparecer. Pero, ¿qué sobrevendrá? Eso se verá cuando haya crecido una nueva generación: una generación de hombres que no sepan lo que es comprar una mujer con dinero ni con ayuda de ninguna otra fuerza social; una generación de mujeres que no sepan lo que es entregarse a un hombre por miedo a las consecuencias económicas que pudiera acarrear una negativa ni en virtud de otra consideración que no sea una amor real. Y cuando estas generaciones aparezcan, enviarán al cuerno todo lo que nosotros pensamos que deberían hacer”32.

Esto fue escrito por uno de los fundadores del socialismo científico al finalizar el siglo XIX. Preguntamos, ¿Por qué las feministas que critican a Engels nunca han sido capaces de presentar otra obra de aquella época, o incluso de décadas posteriores, que contuviera un análisis más certero y avanzado?

Se puede argumentar que Engels no aborda los derechos de la población LGTBI. Obviamente ese no era su objetivo. Pero los bolcheviques, seguidores de Engels, lo tuvieron muy en cuenta nada menos que en 1917, tras el triunfo de la Revolución de Octubre. Así, la URSS en sus años heroicos, cuando la democracia obrera todavía no había sido aplastada por la burocracia totalitaria, consagró un decreto a la libertad sexual y los derechos de la comunidad LGTBI: “La legislación soviética se basa en el siguiente principio: declara la absoluta no interferencia del Estado y la sociedad en asuntos sexuales, en tanto que nadie sea lastimado y nadie se inmiscuya con los intereses de alguien más”33. ¿Qué otro partido en el poder puede presentar una conquista semejante en aquellos años? Nosotras respondemos: ninguno.

La escuela de la amalgama tiene una sorprendente tradición en el movimiento feminista radical, incluidas muchas de las que se autodenominan antisistema. Por ejemplo, Sandra Ezquerra, en un artículo titulado Por un feminismo anticapitalista del aquí y el ahora, afirma que “durante el siglo XIX y parte del XX no faltaron, en el seno del movimiento obrero, las voces en contra de la participación de la mujer en el mercado laboral. Además, discursos proclamando el hogar como lugar natural de la mujer, como los que se dieron en la Primera Internacional, se encontraban a la orden del día”34.

¿Realmente eso es lo que definió a Marx y Engels como dirigentes de la Primera Internacional en su posición hacia la opresión de la mujer? Basta conocer su obra, desde El Capital a La situación de la clase obrera en Inglaterra, para desmentir una insinuación tan monstruosa ¿En qué texto marxista se puede leer que el lugar natural de las mujeres sea el hogar o se manifieste una oposición a la incorporación de la misma al mercado laboral?

Lo que Engels afirma en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado es justamente lo contrario: “La emancipación de la mujer y su igualdad con el hombre son y seguirán siendo imposibles, mientras permanezca excluida del trabajo productivo social y confinada dentro del trabajo doméstico, que es un trabajo privado. La emancipación de la mujer sólo es posible cuando el trabajo doméstico le ocupe un tiempo insignificante y puede participar a gran escala, a escala social, en la producción”35.

Por supuesto que en aquel período de desarrollo del movimiento obrero consciente y de nacimiento del sindicalismo revolucionario encontramos opiniones erróneas y controvertidas, incluso de mujeres heroicas entregadas a la causa de los oprimidos, como es el caso de Mother Jones y su vibrante y recomendable Autobiografía36. Pero este ejercicio de embrollarlo todo sólo demuestra una gran deshonestidad intelectual.

El movimiento obrero y marxista abrió el fuego de manera consistente y decidida a favor de la liberación de la mujer como nunca antes había sucedido en la historia.

Fueron muchas las pioneras, como Elisabeth Dmitrieff, fundadora de la sección rusa de la Primera Internacional y de la Unión de Mujeres para la defensa de París durante la Comuna de 1871. La insobornable Flora Tristán, socialista y feminista, que escribió su fabuloso folleto a favor de la “Unión Obrera” en el que aboga por la emancipación de la clase obrera y de la mujer como un todo inseparable, y del que Marx y Engels tomaron la célebre consigna ¡Proletarios de todo el mundo uníos! O el caso de la valenciana Maria Cambrills, que en su un libro de referencia, Feminismo socialista: señaló: “las mujeres obreras no podemos olvidar que la única fuerza política de solvencia moral francamente defensora del feminismo es el socialismo”.

En 1910 la II Conferencia de Mujeres Socialistas, organizada por Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, se reunió en Copenhague. Asistieron más de cien mujeres de 17 países, y a propuesta de Clara Zetkin se aprobó celebrar el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en tributo a las obreras huelguistas del textil de Nueva York y de todas las mujeres que dieron su vida contra la explotación capitalista y por la plena igualdad de derechos políticos, laborales y sociales. Este hecho apenas es reseñado o recordado en los manuales del feminismo oficial y universitario.

Los ejemplos son innumerables y llenarían libros. Rescatar a todas estas gigantes de un olvido interesado, y situarlas en el lugar de honor frente a tanta simplificación y desdén, es una tarea insoslayable pues ellas desbrozaron la senda por la que ahora transitamos.

Que las organizaciones del movimiento obrero no son inmunes a los prejuicios y comportamientos machistas es algo obvio. Las formas en que se manifiesta la opresión de la mujer bajo la sociedad de clases inundan todos los poros de la actividad política, económica y cultural que se desarrolla en su seno, y de manera acusada en aquellos partidos y sindicatos que, alejándose del programa marxista, se han transformado en pilares de la estabilidad capitalista.

Reconocer este hecho implica subrayar que el marxismo revolucionario ha librado una lucha tenaz contra estas tendencias dentro de las organizaciones de clase. Identificar el programa marxista con la política de la socialdemocracia y el estalinismo no deja ser un ejercicio barato de manipulación política.

En 1893, Rosa Luxemburgo —que contaba tan sólo con 23 años— fue tildada de “mujerzuela histérica y pendenciera” por muchos venerables dirigentes de la Segunda Internacional, al defender con audacia una posición revolucionaria frente al cretinismo parlamentario y la colaboración de clases.

La marxista alemana Clara Zetkin, también fue conocida por su denuncia vehemente de aquellos dirigentes socialistas que hablaban y hablaban de los derechos de las mujeres mientras los pisoteaban en el día a día: “El abismo entre teoría y práctica, entre decisiones y hechos, aparece en concreto en el planteamiento de las reivindicaciones de los derechos de las mujeres. La Segunda Internacional toleró que las organizaciones inglesas afiliadas lucharan durante años por la introducción de un derecho de voto femenino restringido (…) Permitió también que el partido socialdemócrata belga y, más tarde, el austriaco, se negasen a incluir, en sus grandes luchas por el derecho de voto, la reivindicación del sufragio universal femenino”37.

Aquellas que mantuvieron su convicción revolucionaria e internacionalista frente a la carnicería imperialista de la Primera Guerra Mundial y la ola de chovinismo que atrapó a la mayoría de las organizaciones obreras, fueron también despreciadas por los dirigentes reformistas: “La actitud de la Segunda Internacional fue miserable, vergonzosa y deshonrosa cuando en el seno del movimiento obrero de todo el mundo, las mujeres socialistas de los Estados beligerantes y neutrales fueron las primeras en iniciar un intento tangible para imponer la solidaridad de los explotados contra las direcciones nacionales de socialpatriotas traidores”38.

La prueba de la práctica

El genuino marxismo, no adulterado por el estalinismo ni asimilado por la maquinaria parlamentaria de la burguesía, siempre mantuvo una posición inequívoca.

Cuando los bolcheviques tomaron el poder en Octubre de 1917, no albergaban duda sobre el papel de la mujer en el proceso de construcción del socialismo. Lenin insistía que: “no puede existir, no existe, ni existirá jamás verdadera ‘libertad’ mientras las mujeres se hallen atrapadas por los privilegios legales de los hombres, mientras los obreros no se liberen del yugo del capital, mientras los campesinos trabajadores no se liberen del yugo del capitalista, del terrateniente y del comerciante”39.

Trotsky advertía también sobre el arraigo de los prejuicios sociales y el deber militante de luchar conscientemente contra ellos. El atraso heredado de la Rusia zarista y semifeudal —país donde el 90% de la población era campesina y analfabeta— no era excusa para cerrar los ojos ante el machismo imperante en el seno de las familias trabajadoras: “Lenin nos enseñó a evaluar a los partidos de la clase obrera de acuerdo a su actitud, en particular y en general, hacia las naciones oprimidas, hacia las colonias. ¿Por qué? Si tomamos, por ejemplo, el obrero inglés, será relativamente fácil despertar en él la solidaridad con el proletariado de su propio país; participará en las huelgas e inclusive estará dispuesto a hacer la revolución. Pero que se sienta solidario con un coolie40 chino, que lo trate como a un hermano explotado, será mucho más difícil, ya que ello implicará romper con un caparazón de arrogancia nacional solidificada durante siglos. De la misma manera, camaradas, se ha solidificado durante milenios, no durante siglos, el caparazón de los prejuicios del jefe de la familia hacia la mujer y el niño; tengamos en cuenta que la mujer es el coolie de la familia”41.

Lenin siempre afirmó que sin la intervención consciente de la mujer trabajadora no habría socialismo: “Sin llevar a las mujeres a la participación independiente no sólo en la vida política en general, sino también en los servicios públicos permanentes que todo el mundo debe prestar, no sólo no podremos hablar del socialismo, ni tan siquiera de una democracia plena y estable”42.

La Revolución rusa de 1917, despreciada por Silvia Federici como una simple “industrialización del trabajo doméstico”43, demostró que su programa en defensa de los derechos de la mujer en general, y de las mujeres trabajadoras y campesinas en particular, no se limitaba solo a palabras.

El impulso a una tarea emancipadora inaplazable movilizó el genio y la entrega de miles de mujeres bolcheviques, cuyos nombres han sido enterrados conscientemente por el feminismo burgués y pequeñoburgués.

Alexandra Kollontái, propagandista bolchevique que analizó desde un punto de vista marxista la función de la familia, la sexualidad o la prostitución. Evgeniia Bosh, una de las militares más capaces de la guerra civil. Yelena Dmitriyevna Stassova, militante desde los años de la clandestinidad. Klavdia Nikolayeva, obrera que en 1917 se convirtió en el alma de la primera revista para las mujeres trabajadoras, Kommunistka. Inessa Armand, que sufrió cárcel, deportación y exilio. Varvara Nikolayevna Yakovleva, miembro del Comité Central que decidió la fecha de la insurrección y que jugó un papel clave en los días decisivos de Octubre en Moscú. Vera Slutskaya, muerta por disparos de los cosacos en el primer frente rojo. Nadezhda Krúpskaya, Larisa Reisner…44

Muchas de estas mujeres se unieron al Zhenotdel —cuya traducción es Sección de la Mujer—, un organismo creado específicamente por el poder obrero y cuya actividad estaba orientada a superar las dificultades específicas a las que se enfrentaban las mujeres en todas las esferas de la vida, combatiendo activamente la opresión machista en sus variadas expresiones. El Zhenotdel era un espacio donde las mujeres se sentían seguras y se apoyaba en las “reuniones de delegadas”, elegidas directamente por las obreras de cada fábrica.

Tampoco es casualidad que la primera mujer de la historia que formó parte de un gobierno fuera Alexandra Kollontái, y que ese gobierno no fuera otro que el de los soviets. Pero la política bolchevique no pretendía cubrir el expediente “exhibiendo” un buen número de ministras, sino adoptar medidas efectivas para liberar a la mujer de su opresión y conquistar la auténtica igualdad. La propia Alexandra reflexiona: “Las mujeres de los ricos, hace ya mucho tiempo que viven libres de estas desagradables y fatigosas tareas. ¿Por qué tiene la mujer trabajadora que continuar con esta pesada carga? En la Rusia Soviética, la vida de la mujer trabajadora debe estar rodeada de las mismas comodidades, la misma limpieza, la misma higiene, la misma belleza, que hasta ahora constituía el ambiente de las mujeres pertenecientes a las clases adineradas”45.

Una de las prioridades ineludibles de las y los bolcheviques fue romper las cadenas del trabajo doméstico, socializando las tareas del hogar y del cuidado de niños, ancianos y enfermos, cuya responsabilidad fue transferida al Estado. Acabando con el carácter personal de esa carga que consumía gran parte de su jornada y su energía, la mujer podría disponer del tiempo necesario para participar no sólo en política, sino en la administración democrática de la actividad social, la economía productiva, la cultura, la educación, la justicia...

Los bolcheviques aprobaron una legislación específica para acabar con los abusos y el maltrato en la familia en el Código familiar de 1918, que a su vez instauró el matrimonio civil, el divorcio y eliminó la distinción entre los hijos “legítimos” e “ilegítimos”, una medida sin precedentes contra el patriarcado y el machismo.

El Código Laboral de 1918 aprobó un receso pagado de al menos media hora cada tres horas de trabajo para alimentar al bebé y otorgó ocho semanas de permiso de maternidad remunerada. En 1920, el gobierno soviético fue el primero del mundo en emitir un decreto anulando la penalización criminal del aborto, garantizando este derecho, y el de la maternidad, a todas las mujeres mediante una red pública de sanatorios y hospitales. Y, como ya citamos, los bolcheviques abolieron las leyes contra los actos homosexuales o cualquier actividad sexual consensual.

La pregunta es concreta. ¿Por qué las teóricas feministas del mundo académico radical no hablan de estos hechos? ¿Cómo es posible que en ninguno de sus trabajos encuentren espacio para analizar estos logros y reconocer su carácter pionero y trascendental en la lucha por los derechos de la mujer?

Es cierto que muchos de estos planes y proyectos se vieron amenazados por enormes dificultades materiales tras la Primera Guerra Mundial y la posterior guerra civil. A ellas se sumó el aislamiento que siguió al fracaso de la revolución alemana en 1919. Y sobre la base de una miseria generalizada, la reacción política empezó a abrirse a paso.

La contrarrevolución burocrática y totalitaria que representó el estalinismo, requirió la supresión de muchos derechos conquistados por la mujer y una vuelta a la concepción burguesa de familia tradicional. Trotsky señaló las causas de esta involución: “El motivo más imperioso del culto actual a la familia es, sin duda alguna, la necesidad que tiene la burocracia de una jerarquía estable de las relaciones sociales, y de una juventud disciplinada por cuarenta millones de hogares que sirven de apoyo a la autoridad y el poder”46.

Bajo el estalinismo la mujer retrocedió en sus derechos respecto al hombre, la brecha salarial aumentó, volvió a prohibirse el aborto, y se criminalizó a los homosexuales y a las prostitutas con duras sanciones en el código penal. Stalin atacó con saña todas las herramientas construidas por la Revolución de Octubre para la liberación de la mujer.

La presidenta del Zhenotdel, Klavdiia Nikolaeva, se opuso a esta deriva y luchó activamente en las filas de la Oposición de Izquierda. En 1925, Stalin la cesó y situó a una mujer de su confianza al frente de este organismo, Alexandra Artiujina. Esta, junto al resto de la casta burocrática de la que formaba parte, mantuvo una lucha a muerte contra la igualdad —en todas las esferas de la sociedad— pues, al fin y al cabo, los privilegios materiales de la burocracia exigían su eliminación. Finalmente el Zhenotdel fue disuelto 1929.

A pesar de todo, la inmensa experiencia que supuso la revolución bolchevique y su política hacia los derechos de la mujer representan una valiosa herencia a la que no debemos renunciar.

Lucha de clases dentro del feminismo

La amabilidad, comprensión y “sororidad” con las burguesas, banqueras y políticas de la derecha de la que hacen gala muchas teóricas del feminismo oficial, contrasta con su agresiva beligerancia hacia quienes nos declaramos feministas revolucionarias y anticapitalistas. Es evidente que la lucha de clases también existe dentro del movimiento de la mujer.

Al respecto Clara Zetkin señalaba: “¿Cómo se presenta la cuestión femenina para las mujeres de la alta burguesía? (…) Si las mujeres de estos estratos desean dar un cierto significado a su vida, deben ante todo reivindicar poder disponer libremente y autónomamente de su patrimonio. Estas mujeres luchan por conquistar este derecho contra el mundo masculino de su clase”47.

Y para mantener e incrementar ese patrimonio, del que desean disfrutar sin las cortapisas de sus padres, hermanos y esposos, no pueden hacerlo de otra forma más que explotando a la clase obrera, a sus hombres y mujeres. Por ello, las “trabajadoras, aquellas que aspiran a la igualdad social, no esperan para su emancipación nada del movimiento de mujeres de la burguesía que supuestamente lucha por los derechos de las mujeres”48.

La situación de la mujer burguesa en la sociedad ha cambiado mucho desde que fueron escritas estas líneas, pero no para contradecir sino para confirmar la tesis marxista expuesta por Zetkin.

Si partimos del “feminismo” que practica Ana Patricia Botín, una de las diez mujeres más ricas del mundo, la cosa se aclara bastante. Cuando se trata de acrecentar su patrimonio, la Sra. Botín no muestra ninguna “sororidad” con sus compañeras de género, y recurre a las mismas prácticas machistas y explotadoras que los varones de su clase social. El Grupo Santander, imperio financiero que dirige, se levanta a costa del sufrimiento de las personas humildes y es especialmente cruel e indiferente con el de las mujeres. Así lo prueban los desahucios que la señora Botín ha impuesto a miles de familias trabajadoras y madres con hijos a su cargo, los salarios inferiores que paga a “sus” trabajadoras, las denuncias sindicales sobre los despidos de mujeres embarazadas que es una norma habitual de su política corporativa, por no hablar de sus vínculos públicos con la derecha más rancia y machista.

Ejemplos como el de la banquera Ana Patricia son abundantes en el mundo de las finanzas. Mónica Oriol, presidenta del Círculo de Empresarios, prefiere “una mujer de más de 45 o de menos de 25 porque, como se quede embarazada, nos encontramos con el problema”.

Christine Lagarde, directora del FMI, es una devota de las políticas de recortes y austeridad que golpea a millones de mujeres, pero esto no le impide presumir de feminismo y celebrar con Angela Merkel conferencias a favor de que las mujeres puedan compartir con sus colegas varones las mieles de los beneficios que conlleva salvaguardar el capitalismo.

Es evidente que hay mujeres que también oprimen a mujeres, y obtienen gracias a ello un gran poder económico y político.

Cuando una minoría de mujeres rompe el famoso “techo de cristal” y entra a formar parte de la élite política y económica, eso no significa que las condiciones de vida y de trabajo, o los derechos de la mayoría de las mujeres, registren cambios en positivo.

Podríamos recordar la pesadilla que supuso para las trabajadoras de Gran Bretaña que una mujer, Margaret Thatcher, llegara a primera ministra. Pero no es necesario alejarnos tanto en el tiempo, en la actualidad tenemos numerosos ejemplos de que el género no determina una política progresista.

Damares Alves es una mujer al frente del Ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos del ejecutivo brasileño de Bolsonaro y el día que ocupó su cargo oficial declaró: “En nuestro Gobierno, nadie nos va a impedir llamar a nuestras niñas princesas y a nuestros niños príncipes. (...) Los niños visten de azul y las niñas visten de rosa”.

También hay valedoras del patriarcado y la homofobia muy españolas y muy patriotas. Como Ana Gil Román, diputada de Vox en el parlamento andaluz, ese partido racista que niega la existencia de la violencia contra la mujer y promueve el odio contra el colectivo LGTBI. Ana Gil ha sido nombrada presidenta de la Comisión de Memoria Histórica de Andalucía aunque fue firmante de la campaña #ElValleNoSeToca de la Fundación Franco. Y qué decir de Esperanza Aguirre, bajo cuya presidencia de la Comunidad de Madrid se multiplicaron los colegios religiosos que separan a niños y niñas y se financiaron congresos de HazteOir.

Sí, también hay mujeres que gobiernan contra mujeres.

Feminismo pequeñoburgués

Clara Zetkin también analizó las aspiraciones de aquellas mujeres que se encuentran en medio de las dos clases decisivas bajo el capitalismo, que no pertenecen a la burguesía ni tampoco a la clase obrera: “la mujer de las clases medias debe conquistar ante todo la igualdad económica con el hombre, y sólo lo puede conseguir mediante dos reivindicaciones: igualdad de derechos en la formación profesional e igualdad de derechos para los dos sexos en la práctica profesional. (…) La consecución de estas reivindicaciones desencadena un contraste de intereses entre los hombres y las mujeres de la pequeña burguesía y de la intelligentsia. (…) Esta lucha concurrencial impulsa a la mujer que pertenece a estos estratos a la consecución de los derechos políticos, con el fin de romper todas las barreras que obstaculizan su actividad económica”49.

Durante décadas, muchas feministas de clase media han estado muy implicadas en batallas por los derechos políticos, sociales y profesionales de la mujer, y han contado con una enorme proyección pública. Pero hay que decir, en honor a la verdad, que sólo cuando las trabajadoras y los trabajadores, junto a sus organizaciones de clase, han irrumpido con sus métodos de lucha, esto es con la movilización de masas, la huelga y la insurrección, esos derechos han podido plasmarse en la realidad, ser sancionados por la legalidad burguesa y generalizarse.

Existe también una visión estrecha y corporativa del feminismo pequeñoburgués que intenta presentar el éxito profesional individual como la quinta esencia de la lucha feminista. Sin pretender ser irónicas, entendemos que ser actriz de Hollywood y cobrar un millón de dólares menos que un colega masculino por un trabajo similar es discriminación, pero, francamente, ¿este es el mismo tipo de opresión que sufrimos la aplastante mayoría de las mujeres trabajadoras?

La cuestión de fondo es que el programa del feminismo pequeñoburgués no cuestiona el sistema, y considera posible la emancipación de la mujer, o mejor dicho su emancipación individual, manteniendo intactas las relaciones de producción capitalista y su orden social.

Esta posición no es casual; en general las mujeres de estos sectores han accedido a estudios superiores, tienen puestos de trabajo cualificados o poseen negocios propios y, en consecuencia, lo que reclaman es que su retribución y reconocimiento sea igual al de los hombres en su misma posición social. Además, muchas ya se han liberado de las pesadas tareas domésticas, aunque haya sido a costa de transferirlas a otras mujeres, las empleadas del hogar, en su mayoría inmigrantes empobrecidas.50

Este tipo de feminismo nos deja fuera a la aplastante mayoría de las mujeres trabajadoras, que no sufrimos de la misma manera ni la opresión de género ni la opresión de clase.

La mujer trabajadora es la clave

A diferencia de una mujer burguesa o pequeñoburguesa, una trabajadora, como cualquier trabajador, no acude a su empleo con el fin de producir un bien de su propiedad, sino a cambio de un salario con el que llegar a fin de mes. Es precisamente este lugar que nos toca ocupar en la producción capitalista, lo que determina el desarrollo de nuestra conciencia de clase y nos permite asumir un programa que persigue la emancipación plena de todas y todos los oprimidos.

Hay que subrayar que este aspecto clave ha sido abiertamente cuestionado por muchas pensadoras feministas posmodernas. El caso de Silvia Federici es emblemático: “después de cuatro décadas de trabajo a jornada completa fuera del hogar, es imposible seguir manteniendo la extendida asunción existente entre las feministas durante los años setenta de que el trabajo remunerado es el camino hacia la liberación”51.

Por nuestra parte, consideramos que la incorporación masiva de la mujer al trabajo asalariado, el contacto con la explotación laboral, la conciencia de pertenecer a una misma clase oprimida, la posibilidad de comprender a través de la lucha colectiva la causa de nuestra opresión..., todo ello tiene una influencia positiva en la lucha por nuestra emancipación.

Basta señalar que hasta la irrupción del capitalismo y la lucha de clases entre el capital y el trabajo asalariado, no existió un movimiento específico de liberación de la mujer. “Solamente el modo de producción capitalista ha provocado los trastornos sociales que han dado vida a la cuestión femenina moderna; ha hecho pedazos la antigua economía familiar que en el período precapitalista garantizaba a las grandes masas del mundo femenino un medio de sustento (…) Las máquinas, el modo moderno de producción, empezaron gradualmente a cavar la fosa a la producción autónoma de la familia, planteando a millones de mujeres el problema de encontrar un nuevo modo de sustento”52.

El trabajo fuera de casa nos permite en primer lugar adquirir el mayor grado posible de independencia económica bajo esta sociedad —cuya falta es uno los principales motivos que impide a muchas mujeres maltratadas escapar de sus torturadores—, pero hay mucho más.

Nos libera del aislamiento social que representa la cárcel del hogar, abriendo la posibilidad de participar en la lucha de nuestra clase. Las más olvidadas, “las esclavas de los esclavos” —como denunciaba Lenin—, adquirimos conciencia de nuestra fuerza y de nuestro papel esencial en el funcionamiento de la sociedad. La escuela de rebelión contra el patrón es enormemente útil en el ámbito familiar y sexual.

Los ejemplos de ello se han sucedido a lo largo de la historia, pero citaremos algunos casos recientes. La lucha llevada a cabo en el mes de octubre de 2018 por 8.500 trabajadoras del sector público en Glasgow (Escocia), ha sido realmente inspiradora. Estas mujeres protagonizaron la mayor huelga por la igualdad salarial de la historia de Escocia, despertando la solidaridad activa de los trabajadores varones —que se negaron a cruzar la línea de los piquetes y secundaron la huelga—. Las trabajadoras de Glasgow obtuvieron un triunfo sonado frente a los patrones y la administración local.

Bajo el eslogan “No estamos en el menú”, miles de trabajadoras de la mayor cadena de comida rápida de EEUU, McDonald’s, fueron a la huelga en septiembre de 2018. Un 90% de las mujeres trabajadoras de este sector han sufrido algún tipo de acoso sexual, así que organizando comités de acción integrados mayoritariamente por mujeres inmigrantes latinas, exigieron puestos de trabajo seguros, el fin de la precariedad y del abuso sexual, y arrancaron a la patronal una parte fundamental de las demandas planteadas.

La lucha unificada de nuestra clase hace saltar por los aires todos los prejuicios de las políticas de identidad y exclusividad de géneros.

La experiencia de Google, una empresa en la que el 69% de la plantilla está compuesta por hombres, es especialmente ilustrativa. A finales de octubre de 2018, The New York Times publicó que la dirección de esta multinacional había permitido que altos cargos acusados de abuso sexual abandonaran la empresa con indemnizaciones millonarias. Las trabajadoras tomaron la iniciativa y llamaron a la solidaridad a sus compañeros, convirtiendo el Google walkout en un éxito: el 1 de noviembre 20.000 empleados de más de 50 oficinas en todo el mundo —desde Singapur a San Francisco, pasando por Dublín o Sydney— protagonizaron masivas protestas contra del acoso sexual, por el fin de la brecha de género y racial, y por la igualdad salarial.

Lo mismo podemos señalar respecto a la heroica lucha de las camareras de piso en los hoteles, organizadas en Las Kellys, de las temporeras de la fresa en Huelva, que se han levantado contra la esclavitud laboral y el acoso sexual de los capataces, o de la huelga indefinida de las trabajadoras de las residencias de mayores en Bizkaia. Todo ello forma parte indisoluble del tsunami que ha aflorado en las grandes movilizaciones del 8 de Marzo.

¿Humanizar el capitalismo?

La experiencia de las huelgas generales feministas del 8 de Marzo de 2018 y 2019 en el Estado español, no deja duda sobre los magníficos resultados de los métodos clasistas: millones de trabajadoras y trabajadores abandonaron sus puestos de trabajo y protagonizaron una jornada de manifestaciones multitudinarias. El carácter masivo y anticapitalista de las movilizaciones reflejan la temperatura que ha alcanzado la lucha de clases.

Sin embargo, estos métodos de lucha de la clase obrera también han provocado una encarnizada polémica dentro del feminismo. Las burguesas, evidentemente, están en contra de la huelga, pero también muchos sectores del feminismo pequeñoburgués comparten esta oposición, considerando que la paralización de la actividad productiva o llamar a la huelga mixta es patriarcal. Esta postura es consecuencia de su perspectiva política y de género que desemboca inevitablemente en un programa reformista: considerando a todas las mujeres aliadas y a todos los hombres adversarios, sin importar si explotan o son explotados, el capitalismo deja de ser el enemigo principal y la lucha por la transformación de la sociedad desaparece de la ecuación.

La ausencia de un análisis de clase revolucionario ante otros asuntos clave, como el trabajo doméstico o la prostitución, es cubierta por el feminismo pequeñoburgués con posiciones igualmente reaccionarias.

Las feministas marxistas siempre nos hemos negado a reclamar un salario para el ama de casa. No porque despreciemos la brutal explotación que la mujer sufre por la esclavitud de las tareas domésticas, sino precisamente porque no queremos perpetuar esta esclavitud.

Esta reivindicación cuadra muy bien con la familia patriarcal por la que abogan los sectores más reaccionarios… pero una autora como Silvia Federici lo defendió en la década de los setenta como un punto de partida progresista53: “Pero si enfocamos el salario doméstico desde una perspectiva política, podremos ver que la misma lucha produciría una revolución en nuestras vidas y en nuestro poder social como mujeres (…) Como intentaré demostrar, el salario doméstico no es tan sólo una perspectiva revolucionaria, sino que es la única perspectiva revolucionaria desde un punto de vista feminista”54.

Una de las claves del igualitarismo primitivo era la naturaleza social de las actividades del hogar, considerada una responsabilidad de todo el grupo. Sin embargo, bajo la sociedad divida en clases, el “gobierno del hogar se transformó en servicio privado” y el cuidado de los miembros no productivos de la sociedad —niños, enfermos y ancianos— así como las tareas indispensables para la vida —alimentación, vestido, limpieza, etc.— se convirtieron en una responsabilidad individual y privada de cada familia que, inevitablemente, recayó sobre la mujer. Por eso, una de nuestras más importantes demandas es convertir esta tarea en una responsabilidad del conjunto de la sociedad.

Las feministas marxistas queremos romper con las rutinarias y alienantes tareas cotidianas de la limpieza, la compra, la cocina, la colada…, que nos impiden realizar nuestras aspiraciones laborales, nos roban tiempo para el descanso, para acceder a la cultura y estudiar, para disfrutar de nuestra maternidad en el caso de que la hayamos elegido…

¿Cuál es nuestro programa ante estas cuestiones? En primer lugar un empleo digno con salarios decentes para todas las mujeres en edad de trabajar, o un subsidio de desempleo igualmente digno hasta encontrarlo. En segundo lugar, que las administraciones públicas se hagan cargo plenamente de las tareas domésticas mediante servicios sociales públicos, de calidad y gratuitos: cafeterías y comedores, lavanderías, escuelas infantiles, hospitales y centros de salud, residencias de mayores, centros de atención a la dependencia…, por supuesto, controlados por las y los usuarios, y por las trabajadoras y trabajadores implicados en estos sectores.

Hay medios técnicos y dinero más que de sobra —hablamos de mucho menos de lo que se dedicó al rescate de la banca— para poder establecer un plan a gran escala que cubra estas necesidades, creando además decenas de miles de puestos de trabajo.

De la misma forma en la lucha contra el capitalismo y el patriarcado, no sólo es imprescindible exigir la igualdad salarial, sino que los salarios sean dignos, que se ponga fin a la precariedad, que se acaben con las largas y extenuantes jornadas laborales, que se prohíban las horas extras…

Emprender la lucha decidida por todas estas reivindicaciones exige defender un programa socialista de expropiación de la banca y los grandes monopolios, para que la economía pueda ser planificada democráticamente en beneficio de la mayoría de la población.

La diferencia entre las feministas reformistas y las revolucionarias no consiste en que las últimas despreciemos las mejoras concretas que se pueden alcanzar hoy. Al contrario, somos las luchadoras más consecuentes por cada avance, grande o pequeño, en nuestras condiciones de vida. Lo que nos hace distintas es que nosotras no buscamos embellecer la explotación capitalista, sino desnudar las contradicciones que existen en la sociedad y dotar al movimiento de la fuerza y la capacidad para transformarla.

El feminismo de clase y revolucionario no acepta la teoría del mal menor, no asume que lacras como la prostitución son inevitables y que, por tanto, se trata de regularlas y que las víctimas de esta forma extrema de violencia patriarcal, las mujeres más pobres, llenen los bolsillos del lobby proxeneta.

En el Estado español el 70% de las que se encuentran atrapadas en el negocio del sexo son inmigrantes, en Inglaterra el 81%, en Alemania el 85%. En la India 20 millones de mujeres prostituidas ganan 2 dólares al día. En Nueva York el 75% de las menores que se prostituyen actualmente son negras. No, desde el punto de vista de la clase obrera no hay forma de humanizar la violación de mujeres vulnerables a cambio de dinero.

Las feministas marxistas hemos declarado una guerra sin cuartel contra todo tipo de represión, control y persecución de nuestra libertad sexual; nuestra bandera lleva inscrita las consignas “nuestro cuerpo, nuestra decisión” y “queremos ser lo que somos”.

Atacando la esclavitud doméstica, la dependencia económica y la violencia ­sexual, golpeamos tres de los pilares sobre los que se sustenta la familia burguesa, la expresión más moderna de la familia patriarcal, en la que, de acuerdo con Engels “el hombre es el burgués y la mujer representa al proletariado”55.

Por un feminismo de clase y revolucionario

Todos los avances y derechos conquistados, como la escolarización infantil, el derecho al divorcio o al aborto, o la legislación sobre matrimonios del mismo sexo, son importantes victorias que nadie nos regaló. Pero no ignoramos que muchos derechos reconocidos por la legislación burguesa son papel mojado. Partiendo de esta base podemos entender mejor la actuación de la justicia en los casos de violencia de género.

Las feministas marxistas rechazamos frontalmente el machismo imperante, y la violencia sexual que lo acompaña. Las manifestaciones y denuncias del movimiento MeToo en EEUU han jugado un papel progresista en desvelar la cultura del acoso sexual que domina la moral podrida de la burguesía estadounidense. Pero en este terreno también hay que mantener una posición de clase consistente.

El gran movimiento de masas que en el Estado español hemos protagonizado contra las infames sentencias de La Manada, ha puesto el dedo en la llaga: combatir las violaciones y el maltrato de género pasa por cuestionar el régimen capitalista y las instituciones que amparan la violencia sistémica contra las mujeres, y también contra todos los sectores oprimidos.

Según cifras oficiales, mil mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en los últimos quince años, 47 de ellas en 2018; este mismo año se registraron 500 denuncias diarias por maltrato y una cada seis horas por violación.

El problema no es que la legislación española no reconozca estos delitos, al igual que ocurre en una mayoría de países, ni tampoco que a las mujeres se les impida acceder a la judicatura. Sentencias despreciables como la de La Manada o la condena a Juana Rivas han sido dictadas por tribunales en las que han participado juezas. El problema es el carácter clasista y patriarcal de una justicia ligada por mil vínculos a la oligarquía capitalista y, en el caso del Estado español, a un aparato del Estado heredado directamente del franquismo.

Hace poco, se celebró el 40º aniversario de la Constitución española. ¿Cómo funciona en la práctica la ley de leyes? En el artículo 14 podemos leer que no puede “prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Sin embargo, en el Estado español la brecha salarial entre hombre y mujer oscila entre el 15% y más del 30%, llegando casi al 40% cuando se trata de madres trabajadoras. El empleo doméstico, un sector en el que las mujeres representan más del 90%, concentra uno de los mayores índices de precariedad y bajos salarios: en el Estado Español hay 700.000 empleadas del hogar, y sólo 400.000 están afiliadas a la Seguridad Social.

El artículo 47 habla del “derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” y que los “poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho”, pero en los últimos años se han producido decenas de miles de desahucios, en los que las víctimas eran abrumadoramente mujeres.

Las grandes batallas por la sanidad, la educación y las pensiones públicas, contra los desahucios, por la libertad de expresión o el derecho a decidir…, han ayudado a desnudar la falsedad de las promesas “democráticas” de este sistema.

Las movilizaciones de masas que hemos protagonizado millones de mujeres, con la juventud a la vanguardia, son el fruto de la desigualdad social alarmante, una polarización política creciente y el recrudecimiento de la lucha de clases. Nuestro desafió lo es al conjunto del sistema capitalista, y por eso la clase dominante reacciona y lanza a la palestra a Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal, a Trump, Bolsonaro y Macri, a Salvini, Orbán y Le Pen…, para aplastar las conquistas y los derechos de la clase obrera y enfrentar el gran movimiento de las mujeres en lucha.

En este contexto, las palabras de Clara Zetkin cobran todo su sentido: “la lucha por la emancipación de la mujer trabajadora no puede ser una lucha similar a la que desarrolla la mujer burguesa contra el hombre de su clase; por el contrario, la suya es una lucha que va unida a la del hombre de su clase contra la clase de los capitalistas”56.

Estamos de acuerdo, la lucha más consecuente contra el patriarcado es la lucha contra el capitalismo. Por eso desde el feminismo marxista confrontamos no sólo con el feminismo burgués, también contra aquellas que imaginan la liberación de la mujer respetando el orden capitalista y sus reglas de juego, o proponiendo felices soluciones al alcance solo de una ­minoría exquisita.

¿Qué nos propone Silvia Federici como opción tras el colapso del estalinismo, o como ella dice de la “desaparición del modelo revolucionario estatalista que durante décadas había conformado los esfuerzos de los movimientos sociales radicales para construir una alternativa al capitalismo”? Pues la reforma humanitaria del sistema mediante el concepto de “lo común”: “la idea de lo común/comunes, en este contexto, ha proporcionado una alternativa lógica e histórica al binomio Estado y propiedad privada, Estado y mercado, permitiéndonos rechazar la ficción de que son ámbitos mutuamente excluyentes y de que solo podemos elegir entre ellos, en relación con nuestras posibilidades políticas (…) También ha realizado una función ideológica, como concepto unificador prefigurativo de la sociedad cooperativa que la izquierda radical lucha por construir”57.

¿¡Concepto unificador prefigurativo!? Seguimos leyendo: “Por ejemplo, ¿qué constituye lo común? Abundan los ejemplos. Tenemos aire, agua y tierras comunes, los bienes digitales y servicios comunes; también se describen a menudo como comunes los derechos adquiridos (por ejemplo las pensiones de la seguridad social), del mismo modo que se recogen bajo esta denominación las lenguas, las bibliotecas y las producciones colectivas de culturas antiguas”58.

Por fin se van aclarando las cosas. La revolución feminista que nos propone Federici es bastante poco innovadora, de hecho desemboca en el mismo lugar “común” que todos los programas reformistas: respetar la propiedad privada de los medios de producción y el Estado que vela por ella. No es de extrañar que una de las conquistas más reseñables del movimiento de los comunes, siempre según la propia Federici, haya sido “la creación de huertos urbanos”, cuya “importancia no debe infravalorarse” ya que “han abierto el camino para un proceso de ‘rurbanización’, indispensable si queremos mantener el control sobre nuestra producción alimentaria, regenerar el medio ambiente y producir para nuestra supervivencia”59.

Así pues, ¿para qué organizarse y luchar por la expropiación de los grandes monopolios alimentarios que hunden a los pequeños campesinos, desforestan, envenenan y agotan las tierras y especulan con el precio de los alimentos provocando hambrunas si podemos “mantener el control sobre nuestra producción alimentaria” mientras nos tomamos un delicioso té matcha rodeadas de flores? En nuestros huertos urbanos el capitalismo no parece tan malo.

Por el socialismo

La mayoría de nosotras, que nos asfixiamos en barrios de cemento y asfalto, que hacemos malabarismos con nuestros salarios, que sufrimos el desempleo y la angustia por el futuro incierto de nuestras hijas e hijos, necesitamos un programa de lucha que resuelva nuestra opresión de género y de clase. Y, cuando hablamos de clase, nos referimos a la hermandad de todos y todas los explotados y explotadas por el capital, sin importar el color de nuestra piel o el lugar donde hayamos nacido.

Sin cuestionarse quién posee y controla los medios que producen la riqueza, es imposible nuestra liberación. Probablemente, alguna afamada académica, periodista, política o artista, pueda alcanzar una alto grado de comodidad y respeto bajo esta sociedad pero, la emancipación individual, no es una alternativa para la mujer trabajadora. Como afirmaba Marx, a diferencia de lo que ocurría con el esclavo de Roma, un trabajador o una trabajadora, “no pertenece a tal o cual capitalista individual”, sino “a la clase capitalista en su conjunto”, porque su “única fuente de ingresos es la venta de su fuerza de trabajo”60.

El patriarcado, la propiedad privada y la sociedad dividida en clases no fueron inventadas por el capitalismo. Pero el capitalismo sí que ha desarrollado una clase cada vez más numerosa y que está en posesión de conocimientos mucho más avanzados que las anteriores generaciones. La clase trabajadora, como explica el marxismo, es la primera en la historia que, para conquistar su liberación, necesita acabar con cualquier tipo de opresión.

La revolución socialista es hoy más acuciante que en cualquier otro momento, porque la amenaza que representa el capitalismo ha llegado también más lejos que nunca con la catástrofe ecológica a la que nos aboca. El sistema ha demostrado su incapacidad para satisfacer las necesidades más básicas de la población, al mismo tiempo que extiende las guerras imperialistas, el racismo, la xenofobia, la homofobia y la transfobia.

No hay tiempo que perder: necesitamos nacionalizar todas las palancas fundamentales de la economía bajo el control democrático de las y los trabajadores; de esta forma la gigantesca capacidad productiva desarrollada por el conocimiento humano no estará limitada por el beneficio de unos pocos, sino por la satisfacción de las necesidades de miles de millones.

Las nuevas relaciones entre hombres y mujeres surgidas de una nueva sociedad socialista, en la que no serán necesarios “gendarmes ni policía, ni nobleza, reyes, gobernadores ni prefectos, ni jueces, ni cárceles”61, nos permitirá alcanzar la plena igualdad.

Notas

  1. Rosa Luxemburgo, El voto femenino y la lucha de clases, 12 de mayo de 1912.
  2. Ibíd.
  3. Louise Michel, La Comuna de París. La Malatesta Editorial. Madrid 2014, pp.117 y 215.
  4. H. Lissagaray, La Comuna de París. Editorial Txalaparta. Tafalla 2004, p. 460.
  5. Angela Davis, Mujeres, raza y clase, Editorial Akal. Madrid 2004, p. 120.
  6. Kate Millet, Política Sexual, Ediciones Cátedra SA. Madrid 1995, p. 217.
  7. Ibíd., pp. 234 y 235.
  8. Ibíd., pp. 227.
  9. Ibíd., pp. 305 y 306.
  10. Ibíd., pp. 132 y133.
  11. Silvia Federici, “Contraatacando desde la cocina”, y “La reproducción de la fuerza de trabajo en la economía global y la inacabada revolución feminista”, en Revolución en punto cero, Editorial Traficantes de sueños, Madrid 2018, pp. 60 y 173.
  12. Las sin parte. Matrimonios y divorcios entre feminismo y marxismo. Editorial Sylone. Barcelona 2015, p. 11.
  13. Ibíd., pp. 101 y 104.
  14. Lewis Henry Morgan (1818–1881). Antropólogo y etnólogo estadounidense, es considerado uno de los fundadores de la antropología moderna.
  15. Federico Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS. Madrid 2012, p. 17.
  16. Ibíd., p. 40.
  17. Ibíd., p. 103.
  18. Ibíd., p. 55.
  19. Ibíd., p. 12.
  20. Ibíd., pp. 174 y175.
  21. Ibíd., p. 80.
  22. Ibíd., p. 72.
  23. Ibíd., p. 175.
  24. Ibíd., p. 69.
  25. Edición del 15 de mayo de 2015, science.sciencemag.org/content/348/6236/796.
  26. Los primeros hombres y mujeres eran igualitarios, Hannah Devlin, The Guardian (www.theguardian.com/science/2015/may/14/early-men-women-equal-scientists). Traducción al castellano en partage-le.com/2016/07/los-primeros-hombres-y-mujeres-eran-igualitarios-afirman-cientificos-por-hannah-devlin.
  27. La igualdad entre sexos predominaba en las sociedades prehistóricas (www.lavanguardia.com/vida/20150515/54431651080/igualdad-sexos-predominaba-sociedades-prehistoricas.html).
  28. La prehistoria fue más igualitaria (elpais.com/diario/2006/06/29/ultima/1151532001_850215.html).
  29. Citado de Mujeres en la Prehistoria: mitos, estereotipos y roles de género, Coral Herrera Gómez (haikita.blogspot.com/2012/04/los-roles-de-genero-en-la-prehistoria.html).
  30. Engels, op. cit., pp. 64 y 72.
  31. Ibíd., p. 83.
  32. Ibíd., pp. 89 y 90.
  33. John Lauritsen y David Thorstad, The Early Homosexual Rights Movement. Times Change Press, 1974.
  34. Las sin parte. Matrimonios y divorcios entre feminismo y marxismo, p. 10.
  35. Engels, op. cit., p. 175.
  36. Publicada por la FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS en 2018.
  37. Clara Zetkin, Directrices para el movimiento comunista femenino, 1920.
  38. Ibíd.
  39. El poder soviético y la posición de la mujer, 6 de noviembre de 1919.
  40. Apelativo utilizado por el capital imperialista para designar a los cargadores y trabajadores con escasa cualificación de China, India y otros países asiáticos, y que eran tratados como esclavos en la práctica.
  41. León Trotsky, La revolución socialista y la lucha por la liberación de la mujer. Cuadernos Anagrama, nº 142, Barcelona 1977, p. 54.
  42. Lenin, La emancipación de la mujer. Editorial Grijalbo S.A. México DF 1970, pp. 43 y 44.
  43. Silvia Federici, “Sobre el trabajo afectivo”, en Revolución en punto cero, pp. 205.
  44. “Las mujeres que tomaron parte en la Gran Revolución de Octubre, ¿quiénes fueron? ¿Individuos aislados? No, fueron muchísimas, decenas, cientos de miles de heroínas sin nombre quienes, marchando codo a codo con los trabajadores y los campesinos detrás de la bandera roja y la consigna de los Sóviets, pasaron sobre las ruinas de la teocracia zarista hacia un nuevo futuro” (Alexandra Kollontái, Mujeres Combatientes en los días de la Gran Revolución de Octubre, 11 de noviembre de 1927).
  45. Alexandra Kollontái, El comunismo y la familia, 1918, en Feminismo socialista y revolución, FUNDACIÓN FEDERICO ­ENGELS. Madrid 2017, pp. 31 y 32.
  46. León Trotsky, La revolución traicionada, FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS. Madrid 2001, pp. 147.
  47. Clara Zetkin, Sólo con la mujer proletaria triunfará el socialismo, 16 de octubre de 1896.
  48. ¡Por la liberación de la Mujer!, discurso de Clara Zetkin pronunciado ante el Congreso Obrero Internacional de Paris, el 19 de julio de 1889.
  49. Clara Zetkin, Sólo con la mujer proletaria triunfará el socialismo.
  50. En este asunto, la mala conciencia aflora en las teóricas del feminismo pequeñoburgués. Así, Silvia Federici afirma: “No es útil, en la práctica, criticar a las mujeres que emplean trabajadoras domésticas, como hacen algunas feministas. Mientras el trabajo reproductivo sea mantenido como una responsabilidad individual o familiar, puede que no dispongamos de muchas alternativas, especialmente cuando tenemos que cuidar de alguien que está enfermo o no es autosuficiente, y además tenemos un trabajo fuera del hogar”. Federici no reclama que los cuidados de los enfermos sean asumidos de manera gratuita y digna por los servicios sociales del Estado, lo cual es significativo, y juega a la demagogia al ocultar que la inmensa mayoría de las trabajadoras domésticas realizan su labor en los hogares de mujeres y hombres acomodados (Federici, “Reproducción y lucha feminista en la nueva división internacional del trabajo”, en Revolución en punto cero, p. 132).
  51. Federici, Revolución en punto cero, p. 27.
  52. Zetkin, Sólo con la mujer proletaria triunfará el socialismo.
  53. Fue una destacada activista de la campaña Salario para el Trabajo Doméstico en los años setenta.
  54. Silvia Federici, “Salarios contra el trabajo doméstico” (1975), en Revolución en punto cero, p. 36. La posición de Federici en este terreno ha evolucionado de manera confusa. En 2011 escribe que el “cambio gradual que he vivido respecto al trabajo doméstico, pasando del ‘rechazo’ a la ‘valorización’ del mismo, y que hoy en día reconozco como parte de la experiencia colectiva” (Prefacio a Revolución punto cero, p. 17).
  55. Engels, op. cit., p. 81.
  56. Clara Zetkin, Sólo con la mujer proletaria triunfará el socialismo.
  57. Silvia Federici, “El feminismo y las políticas de lo común en una era de acumulación primitiva”, en Revolución en punto cero, pp. 264-65.
  58. Ibíd., p. 265.
  59. Ibíd., p. 269.
  60. Karl Marx, Trabajo asalariado y capital, FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS. Madrid 2003, p. 82.

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