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Este 15 de enero se cumple el centenario del asesinato de Rosa Luxemburgo, junto a su camarada Karl Liebknecht. Esta gran revolucionaria, internacionalista militante y teórica del marxismo, fue asesinada por dedicar toda su vida, fuerzas e intelecto al combate consciente por la transformación socialista de la sociedad.

Los inicios

Rosa Luxemburgo nació el 5 de marzo de 1871 en Zamosc, una pequeña ciudad polaca bajo el dominio del zarismo ruso. Poco después su familia se trasladó a Varsovia, donde se inició en política, y con tan sólo 15 años ya militaba en Proletariado. Una organización revolucionaria, fundada en 1882, que realizaba una crítica clasista del capitalismo y defendía el internacionalismo. A partir de ese momento empieza toda una vida de lucha incansable, exilio y represión.

En 1889 tuvo que huir de Polonia y a finales de ese año llegó a Zúrich (Suiza), donde entró en contacto con los círculos políticos de exiliados y conoció al revolucionario lituano Leo Jogiches, quien se convertiría en su camarada y compañero durante muchos años.

En noviembre de 1892 se fundó el Partido Socialista Polaco (PSP) y a él se adhirieron todas las fracciones que se reclamaban socialistas. Pero el programa del PSP tenía un fuerte sesgo nacionalista y oportunista. Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches estaban decididos a dar una batalla ideológica de principios para poder crear un genuino partido marxista de los trabajadores polacos, por ello en 1893, junto con Julian Marchlewski, iniciaron la publicación del periódico Sprawa Robotnicza (La Causa Obrera), que Rosa dirigiría desde 1894 bajo el pseudónimo R. Kruszynska.

La línea editorial de su primer número —que apareció, no por casualidad, justo antes de celebrarse del III Congreso de la Segunda Internacional, en Zúrich del 6 al 12 de agosto— era toda una declaración de intenciones: defensa de la lucha contra el capitalismo y la solidaridad con los trabajadores rusos frente al zarismo, oposición a la política de colaboración de clases y defensa del internacionalismo proletario. A pesar de los dirigentes del PSP, Rosa defendió estas ideas en el congreso causando un fuerte impacto.

Finalmente, las diferencias con el programa del PSP les llevaron a la formación de un nuevo partido, el SDKP (Social-Democracia del Reino de Polonia). A pesar del aislamiento de los primeros años, su organización se fortaleció al unificarse con los socialdemócratas lituanos, creando la Socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania (SDKPiL), con presencia en las principales ciudades industriales de Polonia hacia 1900.

En lucha contra el reformismo

En mayo de 1898, Rosa tomó la decisión de trasladarse a Alemania, país que contaba con la mayor organización socialdemócrata, el SPD. En Berlín, entró en contacto con los dirigentes más importantes: Clara Zetkin, August Bebel, Franz Mehring, Karl y Luise Kautsky… Pronto se ganó un gran respeto y participó de lleno en las principales polémicas y debates que se dieron en el partido.

De hecho, una de las grandes aportaciones de Luxemburgo fue la lucha encarnizada que mantuvo contra el reformismo y oportunismo. Estas tendencias políticas se fueron gestando y desarrollando en las filas socialdemócratas al calor del crecimiento económico, la legalización del SPD en 1890 y la conquista cada vez mayor de posiciones políticas en las instituciones burguesas, a las que se supeditaba toda la acción del partido. En 1898 Bernstein escribió una serie de artículos que daban una base teórica al abandono de la concepción marxista de la revolución, abogando por su sustitución por la colaboración pacífica con las instituciones capitalistas como única vía para lograr el socialismo. Estas tesis gradualistas, conciliadoras y completamente utópicas fueron apoyadas por Kautsky.

Rosa respondió en una serie de artículos que más tarde se recogieron en su magnífica obra Reforma o revolución. En ellos explica que la lucha por las reformas y las mejoras es totalmente necesaria para el avance en la toma de conciencia de la clase obrera, para que los trabajadores se hagan conscientes de su papel en la transformación de la sociedad, pero éstas son siempre producto de la acción de las masas, no de la voluntad de quienes gobiernan o de la habilidad de los negociadores.

Además, las reformas no son un fin en sí mismo —como planteaba Bernstein— sino un medio para avanzar hacia la revolución, son los avances cuantitativos que preparan un salto cualitativo: una transformación brusca y radical del orden social. Sin esto, cualquier concesión realizada por la burguesía será revertida cuando la correlación de fuerzas entre las clases lo permita. Como escribía Rosa: “(…) la lucha por las reformas sociales es el medio, mientras que la lucha por la revolución social es el fin”.

Acercamiento entre los bolcheviques y los revolucionarios polacos

Tras la derrota de la revolución rusa de 1905, Rosa Luxemburgo coincidió con los revolucionarios rusos en Finlandia y pudo establecer un contacto político estrecho con Lenin1. En mayo de 1907 en el V Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, en el que participaron tanto los mencheviques (reformistas oportunistas) como los bolcheviques (marxistas revolucionarios), ella cargó duramente contra las posturas de los reformistas. Al igual que los bolcheviques, rechazaba la opinión de que los trabajadores rusos debían subordinarse a la burguesía liberal, realizar la revolución burguesa y esperar de forma indefinida para realizar la revolución proletaria. En agosto de ese mismo año, en el congreso de la Segunda Internacional celebrado en Stuttgart, Lenin y Rosa establecieron un frente único para defender una postura de clase e internacionalista sobre el problema de la guerra. Introdujeron una enmienda conjunta a la resolución final en la que se apelaba a que en caso que estallara la guerra “las clases trabajadoras de los países implicados, así como sus representantes parlamentarios” explotaran “la crisis económica y política provocada por la guerra a fin de levantar al pueblo y acelerar (…) la abolición de la dominación de la clase capitalista”.

Cuanto más se acercaba la revolucionaria polaca a Lenin y sus posiciones, mayor era la distancia entre ella y la dirección del SPD, que se profundizó en 1906 cuando escribió Huelga de masas, partido y sindicatos, un duro golpe a las posturas reformistas de la cúpula del partido y a los acomodados y conservadores dirigentes sindicales. La separación continuó acentuándose, y en 1910 la dirección del partido, especialmente Kautsky, se opuso a la orientación marxista y revolucionaria de Rosa en la lucha prosufragio2 de la clase obrera, incluso impidiéndole publicar su postura en la prensa del partido.

Internacionalismo proletario frente a socialpatriotismo

El 14 de agosto de 1914 los diputados del SPD votaron los créditos de guerra en el Reichstag. El partido obrero más fuerte del mundo otorgaba a un Gobierno burgués y monárquico el derecho a anular las libertades democráticas y entregaba a la clase obrera como carne de cañón para la guerra imperialista. Sólo una minoría de socialdemócratas se mantuvo fiel al marxismo y al internacionalismo: Lenin y Trotsky, los marxistas irlandeses con James Connolly a la cabeza, Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y sus camaradas alemanes, y unos pocos revolucionarios más.

La oposición de Rosa a la guerra y su participación en actos y mítines le llevó a pasar por la cárcel en varias ocasiones. La primera en febrero de 1915, siendo liberada en enero de 1916. Durante ese periodo escribió La crisis de la socialdemocracia, una crítica demoledora a su cobarde capitulación.

Pero, tras una dura escuela, la guerra empujó la conciencia de una nueva generación de obreros y sacudió a los más veteranos. El movimiento obrero despertó de su letargo y puso fin al aislamiento en el que se encontraban los revolucionarios alemanes. El 19 de marzo de 1916 los internacionalistas celebraron una conferencia clandestina en Berlín, donde se fundó la Liga Espartaquista. Pero la reacción era consciente de que necesitaba aplastar a su dirección, detuvo de nuevo a Rosa el 10 de julio. Desde entonces fue traslada a varias cárceles hasta que la revolución de 1918 la liberó.

El impacto de la revolución de Octubre en Rusia alentó un sentimiento imparable contra la guerra en Alemania. A partir de abril de 1917 las manifestaciones obreras contra el Gobierno desataron las alarmas entre la burguesía y el aparato socialdemócrata. Entre septiembre y octubre de 1918 las noticias que llegaban de los distintos frentes de guerra no hacían más que empeorar y esto se sumaba a la presión de los acontecimientos rusos.

Estalla la revolución en Alemania

Las opciones para la burguesía alemana eran pocas. La irrupción de los marineros de Kiel a principios de noviembre de 1918 fue el inicio de un movimiento revolucionario incendiario. Los obreros y los soldados insurrectos conquistaron ciudad tras ciudad, abrieron cárceles y liberaron a los prisioneros políticos, ocuparon fábricas y cuarteles y formaron los Consejos de Obreros y Soldados. El káiser fue barrido de la escena. La clase trabajadora en cuestión de días llevó a cabo las tareas de la revolución democrática, proclamó la república y abrió el camino para la transformación socialista de Alemania.

Pero la burguesía había asimilado seriamente las lecciones de la revolución bolchevique y se aplicó a fondo para que no se repitiera en Alemania. Utilizó a la dirección del SPD y la autoridad que aún conservaba entre amplios sectores de las masas para sabotear la revolución desde dentro. Ebert, Scheidemann, Noske y otros jefes socialdemócratas que habían sostenido la política del imperialismo alemán sellaron una coalición con el Alto Mando del Ejército para controlar los Consejos de Obreros y Soldados. También prepararon una fuerza armada para lanzarla contra los obreros revolucionarios y sus líderes. Aun así, la contrarrevolución se encontró con una resistencia feroz de los obreros de Berlín y de sus organizaciones, especialmente de la Liga Espartaquista, que se transformó en el Partido Comunista de Alemania (KPD) a finales de diciembre de 1918.

Pero el valor y el sacrificio de los obreros de Berlín no fueron suficientes, los espartaquistas no lograron crear un partido revolucionario3 y muchos de sus cuadros tenían posiciones ultraizquierdistas. Durante el congreso de fundación del KPD, Luxemburgo se quedó en minoría en su defensa de participar en las elecciones a la Asamblea Constituyente convocadas para enero de 1919. Y el frente único entre la monarquía, los militares y la socialdemocracia aprovechó esta debilidad para aplastar por completo la revolución y aniquilar a su vanguardia revolucionaria.

El asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, a manos de comandos de los Freikorps4 enviados por el ministro del Interior socialdemócrata Noske, selló la derrota de la revolución. Durante meses masacraron a miles de comunistas y liquidaron definitivamente los consejos. El 10 de marzo asesinaron, también, a Leo Jogiches, que en sus últimos meses de vida mantuvo la organización del KPD y puso a salvo el legado de Rosa Luxemburgo.

A cien años de la revolución alemana de 1918-1919, los marxistas revolucionarios reivindicamos la vida y la obra de la que fue una de sus figuras más destacadas. Una mujer que hizo grandes aportaciones teóricas y prácticas al marxismo y a la lucha de clases, pero que ha sido conscientemente ocultada, tergiversada y calumniada por el reformismo y el estalinismo.

Como escribió Rosa en su artículo El orden reina en Berlín: “Ha fallado la dirección, pero la dirección puede y debe ser creada de nuevo por las masas. Las masas son lo decisivo porque son la roca sobre la que se levantará la victoria final de la revolución. (…) Y por esta razón, de esta ‘derrota’ florecerá la victoria futura. ‘¡El orden reina en Berlín!’ ¡Estúpidos lacayos! Vuestro ‘orden’ está levantado sobre arena. Mañana, la revolución se alzará de nuevo y, para terror vuestro, anunciará con todas sus trompetas: ¡Fui, soy y seré!”.

  1. Pese a las diversas polémicas entre Lenin y Rosa Luxemburgo, especialmente en el terreno de la cuestión nacional —Rosa rechazaba incluir en el programa de su partido el derecho a la autodeterminación— siempre estuvieron en el mismo lado de la barricada y se profesaron un respeto mutuo.
  2. En 1910, el Gobierno prusiano presentó un anteproyecto de ley de reforma electoral en el que se limitaba el derecho al sufragio de la clase obrera. Rosa Luxemburgo defendía el uso de la huelga y la movilización de masas como instrumento central para arrancar concesiones democráticas.
  3. Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches comprendieron el papel del partido demasiado tarde. Enfatizando en exceso en que espontáneamente las masas encontrarían la forma organizativa más adecuada, construyeron más bien una federación de grupos con un nexo político laxo, sin un programa unificado y unos métodos claros de intervención en el movimiento. Una diferencia cualitativa con el partido bolchevique de Lenin.
  4. Grupos militares de choque integrados por oficiales, soldados y voluntarios monárquicos y de extrema derecha.

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