Un día como hoy, 24 de septiembre, de 1920 murió Inessa Armand, una de las pioneras del feminismo socialista y de clase. Para conmemorar la vida y obra de esta revolucionaria insobornable, compartimos la biografía sobre Inessa Armand escrita por Carla Torres, compañera de Libres y Combativas en México, y que forma parte de nuestro libro Mujeres en revolución.
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Inessa Armand · París, 8 mayo 1874 - Beslán (Rusia), 24 septiembre 1920
Hay una frase de Guerra y paz, libro que leí por primera vez a los 15 años y que tuvo en mí una enorme influencia, donde dice que Natasha, al casarse, se convierte en una samka [mujer completa]... Esta frase me pareció profundamente insultante, como un latigazo, y determinó mi firme decisión de no convertirme nunca en una samka, sino en una persona.
Elisabeth Inés, conocida como la camarada Inessa, nació en el último cuarto del siglo XIX en el barrio obrero de Chapelle, al norte de París, en el seno de una familia culta amante del arte. Su madre, de ascendencia francesa e inglesa, era actriz y profesora de piano; y su padre, un famoso cantante de ópera. El fallecimiento de este sacudió su vida. Con tan sólo 5 años se vio obligada a trasladarse a Moscú con su tía y abuela, ambas maestras. Para la pequeña Inessa, el contraste entre el mundo artístico parisino y la opresiva Rusia zarista no pudo ser mayor.
Desde muy joven, desafió el rol impuesto a las mujeres por la tradición patriarcal, que las condenaba a entregar toda su vida al cuidado del hogar, el esposo y los hijos. En aquel entonces, abandonar al marido era un delito. También estaba prohibido salir del país, trabajar o mudarse sin la autorización de un varón. Aspectos como el acceso a la educación estaban vetados para las obreras y campesinas.
En 1893, con 18 años, se casó con Alexander Armand, hijo de un empresario de la industria textil en Púshkino, con quien tuvo cuatro hijos. Su nueva vida familiar no mitigó sus inquietudes y fundó una escuela para niños de familias campesinas en las afueras de Moscú. También organizó una red de ayuda para las mujeres víctimas de la prostitución, una práctica que consideraba una de las peores lacras sociales.
Las autoridades zaristas prohibieron su proyecto de establecer una escuela dominical para trabajadoras, provocando en nuestra protagonista una profunda reflexión política: murió su ilusión en la posibilidad de reformas sociales, comprendiendo que las acciones individuales no bastaban para acabar con la opresión, se necesitaba la lucha colectiva.
En 1902 rompió la relación con su marido y se casó con el hermano menor de este, Vladímir, con quien tuvo su quinto hijo. Su nuevo compañero apoyaba las ideas revolucionarias, estaba involucrado en organizaciones estudiantiles de izquierdas y compartía con ella libros prohibidos por el régimen. Influenciada también por la radicalización de su cuñado Borís Armand, quien incluso organizó una huelga de los trabajadores de la fábrica de su padre, empezó a evolucionar hacia el marxismo revolucionario.
Un año más tarde se trasladó a Suiza motivada por su necesidad de conocimiento y para profundizar sus estudios sobre una cuestión central en toda su actividad: la emancipación de la mujer obrera. Fue durante este viaje, gracias a la lectura de las obras de Lenin, cuando abrazó la ideología y la práctica del socialismo científico.
Se afilió clandestinamente al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia en 1903. Tal y como ella misma expresó, «el marxismo para mí no fue un entusiasmo de juventud, sino la culminación de una larga evolución de derecha a izquierda».
A su regreso a Rusia, la vida de Inessa, como la de muchas revolucionarias, estuvo marcada por la persecución política. En 1905 fue arrestada, pero meses después fue puesta en libertad gracias a una amnistía provisional otorgada a los prisioneros políticos por el manifiesto octubrista. En 1907 volvió a ser detenida y condenada a dos años de destierro en Mezén, al norte de Rusia.
En noviembre de 1908 huyó a Francia. De vuelta a su ciudad natal, Inessa conoció finalmente a Lenin y, junto a otras bolcheviques, ayudó a impulsar la organización de las trabajadoras en París, especialmente de las inmigrantes rusas que trabajaban en fábricas francesas. Su talento político, su capacidad organizativa y sus innegables cualidades con los idiomas —dominaba el ruso, el polaco, el inglés, el francés y el alemán— situaron a la ya conocida como camarada Inessa al frente de la Secretaría del Comité de Organizaciones Exteriores, formada para coordinar todos los grupos bolcheviques en Europa occidental. En 1912, tras jugar un papel determinante en la organización de la Conferencia de Praga, Lenin le propuso asumir una importante tarea: regresar a Rusia como representante del Pravda y apoyar la campaña bolchevique en las elecciones a la Duma. Nuevamente arrestada, fue liberada en marzo de 1913 tras el pago de una fianza. Inasequible al desaliento, aprovechó esta situación para asentarse en la región polaca de Galitzia, donde se encontró con Lenin y Nadezhda Krúpskaia.
Su humanidad, combinada con la férrea y disciplinada actividad revolucionaria, dejaron una profunda huella en quienes la conocieron. «Cuando llegó Inessa, el ambiente se volvió más acogedor y alegre», dijo Krúpskaia. Y Liudmila Stal describió su personalidad con estas palabras: «Su desprecio por las cosas materiales, la atención que dedicaba a sus camaradas y su gran generosidad eran sus principales cualidades».
En 1914, el comité central del POSDR aprobó la publicación en San Petersburgo del periódico Rabótnitsa (La Obrera), nombre escogido por ella y Krúpskaia. Esta pionera publicación, que contó con la participación de las más destacadas militantes del Partido Bolchevique, se convirtió en una de las mejores herramientas para acercar las ideas de la revolución a las trabajadoras. A pesar de que el consejo editorial de la publicación fue arrestado antes de la salida del primer número y la tirada, confiscada por la policía, el 8 de marzo de 1914 cerca de doce mil ejemplares circularon por toda Rusia.
Ni los duros golpes personales que recibió —su marido Vladímir murió de tuberculosis— ni el profundo conflicto desatado en la Segunda Internacional con el estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando sólo una minoría de revolucionarios mantuvo firme la bandera del internacionalismo, consiguieron doblegar el espíritu de Inessa Armand.
En 1915 se trasladó a Suiza para organizar la III Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas contra la guerra y fue parte de la delegación bolchevique en las conferencias internacionales de Zimmerwald (1915) y Kienthal (1916). En todas estas reuniones, la camarada Inessa denunció fervientemente la carnicería imperialista del conflicto bélico.
Cuando, en febrero de 1917, el zar Nicolás II abdicó y la Revolución rusa dio su pistoletazo de salida, Armand, Lenin y veintiséis dirigentes bolcheviques en el exilio se trasladaron desde Zúrich a San Petersburgo en el famoso tren blindado, listos para intervenir en acontecimientos para los que llevaban años preparándose.
Con la toma del poder por parte de los sóviets en octubre, el mundo entero fue testigo del nacimiento del primer Estado obrero. Nuestra protagonista formó parte del Comité Ejecutivo del Sóviet de Moscú y fue nombrada presidenta de la subdivisión de Moscú del Consejo Económico. Contribuyó no sólo a la construcción de una nueva sociedad, sino que también participó en primera línea de todos los apasionados debates que agitaron el nacimiento de la Unión Soviética. Uno de ellos fue sin duda el que se produjo en torno a la firma del tratado de paz de Brest-Litovsk en 1918, en el que no dudó en expresar su oposición. Las negociaciones de paz con Alemania provocaron una grave crisis política en el Gobierno soviético. El debate dejó constancia de la libertad de opinión y de la democracia interna existentes en el Partido Bolchevique mientras Lenin estuvo al frente, algo diametralmente opuesto a lo que ocurriría posteriormente con Stalin.
Inessa Armand también fue responsable del periódico Rabónitsa (La Obrera), el periódico bolchevique para la mujer trabajadora, y, junto con Konkordia Samóilova y Alexandra Kollontái, organizó el I Congreso de Mujeres Obreras y Campesinas de toda Rusia en 1918, en el que realizó un espléndido discurso sobre la necesidad de liberar a la mujer de la esclavitud del trabajo doméstico:
Bajo el capitalismo, la mujer obrera debe soportar la doble carga de trabajar en la fábrica y luego realizar las tareas domésticas en el hogar. No solamente debe hornear y tejer para el patrón, sino que también debe lavar, limpiar y cocinar para su familia... Pero hoy es diferente. El sistema burgués está en vías de desaparición. Nos acercamos a la época de construcción del socialismo. Para reemplazar los millones y millones de pequeñas unidades económicas individuales, de cocinas rudimentarias, malsanas y mal equipadas, y el incómodo lavado a mano, debemos crear estructuras colectivas ejemplares, de cocinas, comedores y lavanderías.
En 1920, bajo el pseudónimo de Helène Blonina, escribió su obra más conocida, La obrera en la Rusia soviética, donde en pocas páginas, pero con gran profundidad, describió cómo
con la Revolución de Octubre (...) la liberación completa de las obreras mediante la supresión de las viejas formas de la familia y la economía doméstica no sólo se ha vuelto posible, sino que es una de las condiciones necesarias para la instauración del socialismo.
El joven Estado soviético tuvo que combatir siglos de atraso, desigualdad, violencia y prejuicios en el seno del movimiento obrero y del campesinado. La emancipación de la mujer trabajadora era un objetivo irrenunciable para los bolcheviques. Para ello, formaron el Zhenotdel en 1919, el Departamento de la Mujer del Partido Comunista ruso, cuya función era fomentar la participación de las mujeres en la construcción económica y la administración pública, así como transformar sus condiciones de vida. Inessa Armand fue la primera responsable del Zhenotdel —desaparecido en 1930 cuando la burocracia estalinista dictaminó falsamente que en la URSS ya no había opresión de la mujer— e inició la publicación de Kommunistka (La Mujer Comunista), órgano del Zhenotdel, en cuyas páginas se abordaban temas como la sexualidad, el matrimonio, la maternidad o la moralidad obrera.
Los primeros años de la URSS probaron por la vía de los hechos cómo la emancipación de la mujer vendrá de la mano de la liberación social del conjunto de los oprimidos. El derrocamiento del capitalismo supuso también un golpe devastador contra las estructuras patriarcales. Se redactó la legislación más avanzada del mundo, tan es así que ninguna trabajadora de los países más avanzados, y supuestamente democráticos, tenía los derechos de los que disfrutaron las mujeres rusas hasta que se impuso la contrarrevolución estalinista. Refiriéndose a la involución que supuso el estalinismo también en los derechos de la mujer, Trotsky denuncia:
Evidentemente estos señores han olvidado que el socialismo debería eliminar las causas que empujan a la mujer al aborto, en vez de hacer intervenir indignamente al policía en la vida íntima de la mujer para imponerle «las alegrías de la maternidad».
La degeneración del Estado obrero, culminada por el dominio asfixiante de la burocracia, volvió a imponer los viejos preceptos patriarcales. Se restauró el viejo modelo de familia burguesa y se estigmatizaron el divorcio y el aborto.
Los bolcheviques facilitaron el divorcio y el matrimonio civil, legislaron sobre la igualdad entre hombres y mujeres, despenalizaron el aborto y abolieron las leyes represivas contra la homosexualidad. Se creó el departamento de protección de madres e hijos y se estableció el Código de Matrimonio, Familia y Guarderías, que promovía el acceso de las mujeres a la educación y el empleo. Se liberó de todo trabajo a las madres durante ocho semanas antes de dar a luz y otras tantas después con la remuneración íntegra de su salario.
La camarada Inessa desató una guerra feroz contra la servidumbre y la esclavitud sexual. No sólo definía la prostitución como el fenómeno más repugnante, con raíces sólidamente ancladas en la sociedad capitalista, sino que tomó todas las medidas necesarias para combatirla:
La I Conferencia Panrusa de Obreras y Campesinas pobres invita a combatir la prostitución no sólo con el cierre de las casas de tolerancia, no sólo con el castigo a los proxenetas, sino con la extirpación de todo el legado del régimen capitalista.
El esfuerzo que revolucionarias como Armand dedicaron a la integración de las mujeres trabajadoras a las filas del Partido Comunista fue decisivo. Se organizaron asambleas de fábrica y taller que elegían delegadas para participar en cursos de formación política, y muchas obreras se convirtieron en hábiles propagandistas. De esta manera, si en el período inmediatamente posterior a la Revolución había 29.000 afiliadas, en 1926 eran ya 620.000 las delegadas que asistían a las conferencias del Zhenotdel. Recordando las primeras conferencias de mujeres, en las que participaron más de mil delegadas en representación de más de un millón de trabajadoras, Inessa escribió:
Las obreras han comprendido perfectamente que sus nuevos derechos y nuevas libertades únicamente servirán realmente al desarrollo y la victoria de la revolución cuando no sólo una pequeña vanguardia, sino las masas de obreras mismas sean arrastradas a tomar parte activa en la vida del partido y de los sóviets (...) En la Rusia soviética, la obrera de la fábrica o el taller ya no es una esclava asalariada, sino la dueña, provista de todos los derechos, que —junto y en igualdad con el obrero— y a través de las instituciones soviéticas y de los sindicatos, organiza, administra, dirige toda la producción y la distribución.
En 1920, tras la celebración de la I Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas, Inessa se trasladó al Cáucaso, donde contrajo el cólera, muriendo en Beslán a los 46 años de edad. El día de su funeral en Moscú, una interminable marea de mujeres trabajadoras despidió a la tenaz revolucionaria.
De forma totalmente intencionada, muchos historiadores, reproduciendo la ideología patriarcal y capitalista, le han colocado a Inessa Armand la etiqueta de «amante de Lenin». No hay nada más frívolo que esconder el legado y el pensamiento de una mujer que transformó la historia tras la violación de su privacidad. A pesar de los chismorreos y mentiras que se han vertido, la relación entre Inessa, Lenin y Krúpskaia estuvo presidida por el respeto, el cariño y una intensa colaboración política. A modo de ejemplo, recordemos que, tras la muerte de Inessa, la pareja asumió el cuidado de sus hijos pequeños.
Descrita por sus camaradas como una «bolchevique muy ferviente», Inessa Armand sentía un intenso amor por la vida, y por ello puso la suya al servicio de construir un mundo distinto: una sociedad que fue la primera en crear las condiciones en que la mujer pudo coronar la obra de su propia emancipación.





