El levantamiento que la juventud y la clase trabajadora de Colombia protagonizan desde el pasado 28 de abril contra el ultraderechista de Duque ha conmocionado el mundo entero.

La brutal respuesta represiva de la oligarquía gobernante, que hasta el momento se ha saldado con más de 55 jóvenes y trabajadores asesinados a manos de las fuerzas policiales, miles de heridos y desaparecidos, y cientos de detenidos, no ha detenido la movilización popular. El uribismo está desesperado y recurre a todo su arsenal de muerte, incluidas sus bandas de paramilitares fascistas como se ha visto en el ataque que sufrió la Minga a su entrada en Cali.

El paro nacional se ha transformado en una auténtica crisis revolucionaria. Durante más de dos semanas no existe circulación fluida por ninguna de las principales vías, los puertos funcionan bajo mínimos, son pocos los centros de estudio que siguen operativos, y el trabajo en muchas industrias se ha detenido totalmente. Las movilizaciones diarias reúnen a cientos de miles de personas, que podrían ser millones en una situación de normalidad sanitaria, mientras la ofensiva de la población contra la oligarquía capitalista no para de crecer.

Este salto colosal en la lucha de clases en Colombia retoma el hilo de los levantamientos e insurrecciones que desde 2019 sacuden el continente latinoamericano, y lleva la acción de las masas hasta un nivel extraordinario.

La diáspora se moviliza contra la hipocresía imperialista

El impacto mundial de las protestas es incuestionable. Las imágenes de la violencia y el abuso policial han estremecido a millones de personas en todos los continentes, y el movimiento despierta enormes simpatías entre la juventud. Las comunidades de inmigrantes colombianos, especialmente numerosas en EEUU y Europa occidental, han llamado a numerosas movilizaciones en apoyo al Paro Nacional y contra la represión con una participación masiva.

Además de mostrar la solidaridad y la indignación popular, estas concentraciones también han sido una denuncia clara de la hipocresía de los gobiernos capitalistas. Aunque la preocupación de que la represión desate una revolución haya motivado algunas reprimendas por parte de las diferentes instituciones imperialistas, el apoyo de la burguesía mundial a Duque es unánime y firme. Este asesino garantiza, a cualquier precio, los jugosos negocios que mantienen en el país. Si solo una fracción de lo que ocurre en Colombia sucediera en Cuba, Venezuela o Bolivia, abriría todos los telediarios, llenaría las columnas de los periódicos y las tertulias televisivas y de todos lados se alzarían voces clamando por una intervención militar exterior o un golpe que derrocara al Gobierno.

En el Estado español, a través de telegráficos mensajes en Twitter, el PSOE y Unidas Podemos han rechazado la violencia de manera abstracta, sin señalar directamente a Duque ni su gobierno. El caso de Ione Belarra, Ministra de Derechos Sociales y futura secretaria general de Podemos es representativo.

Belarra expresó el firme compromiso de España con “la construcción de sociedades pacíficas, justas y respetuosas con los derechos humanos en todo el mundo”, apelando al papel de la ONU y la UE. ¿De la UE que no mueve un dedo para evitar esta masacre ni que la sufre el pueblo palestino? ¿De qué sociedades justas y pacíficas nos habla Belarra?

Esta diplomacia podrida, típica de la socialdemocracia, es una capitulación abierta ante los poderes imperialistas. Se sostiene políticamente la complicidad de los gobiernos europeos con la violencia estatal reiterada en Colombia, y se renuncia a exigir la caída inmediata del asesino Dique y que pague por sus crímenes. Una posición que no suma, sino que resta, a la lucha del otro lado del Atlántico y que, lamentablemente, retrata la deriva de los dirigentes de UP.

Revolución y contrarrevolución

Ante la represión salvaje del aparato estatal colombiano, el movimiento ha empezado a organizar la autodefensa para garantizar la integridad de quienes participan en las protestas y el mantenimiento del Paro Nacional indefinido. Por ejemplo, han surgido organismos como las Primeras Líneas (jóvenes que de manera coordinada y ordenada resisten a las cargas y las repelen) y diferentes Comités de Barrios. Por el propio desarrollo del proceso, estos organismos se han convertido en asambleas populares en donde se discuten los planes de lucha y se organiza la vida local.

En donde más lejos ha llegado esta dinámica ha sido en las zonas obreras de Cali, tercera ciudad del país, especialmente en los barrios de Puerto Rellena y Loma de la Cruz, rebautizados como Puerto Resistencia y Loma Dignidad, respectivamente. Allí, las Primeras Líneas garantizan la convivencia, distribuyen el combustible que se expropia a las gasolineras y organizan el reparto de alimentos que llegan a través de la solidaridad campesina desde la periferia caleña.

Para reforzar el paro y las protestas, miles de indígenas acudieron al llamamiento de “minga” (encuentro) del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC). En la práctica, la ocupación de Cali por parte del CRIC, coincidiendo con los elementos de control y gestión popular en diferentes barrios, podría haber supuesto un nuevo salto en la crisis revolucionaria,.

Consciente de ello, la burguesía local no podía permitir esta situación. El alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, del Partido Verde, en unidad de acción con el uribismo, llamó a “los ciudadanos de bien” a defender la ciudad, mientras Duque reforzaba la presencia policial y militar. En coordinación con la mafia narcotraficante de la ciudad y la policía, se organizaron piquetes paramilitares armados para impedir la entrada de la Minga en Cali, abriendo fuego contra la guardia indígena y dejando a nueve personas heridas graves.

Este episodio es el reflejo de la radicalización de la burguesía y pequeña burguesía del país, especialmente aquella vinculada al contrabando, el narcotráfico y el latifundio, cuya posición se ve amenazada por el ascenso de la lucha de masas, y está dispuesta a aplastar, como sea, el Paro Nacional. La contrarrevolución es la otra cara del avance de la revolución.

El papel de la dirección reformista

Al calor de este formidable movimiento de masas que ha puesto en jaque el Gobierno y al Estado capitalista, el dirigente de Colombia Humana y candidato a la presidencia, Gustavo Petro, ha despertado enormes simpatías, ampliando su autoridad ante el movimiento por el apoyo que ha mostrado a la lucha.

De cara a las elecciones legislativas y presidenciales existe una gran posibilidad de que gane un apoyo masivo, incluso no se puede descartar ni mucho menos que se alzase con una victoria histórica. Y esta es la estrategia que plantean al movimiento. En un audio filtrado, se escuchaba al propio Petro decir que el Paro Nacional tuvo que ser desconvocado y declarado triunfante una vez tumbada la reforma tributaria, primera victoria puntual de la movilización, para volver a la “estabilidad democrática”. Petro desea una campaña electoral tranquila, para hacerse con la presidencia y gestionar de manera “decente” el capitalismo.

También el Comité Nacional de Paro, que goza de una importante credibilidad en el movimiento, se ha visto minado ante la vanguardia revolucionaria por su negativa a exigir la dimisión inmediata de Duque y su resistencia a ofrecer un plan de lucha serio y ascendente. El plan del CNP, liderado por la Central Única de Trabajadores (CUT), la principal central obrera, se basa en intentar llegar a acuerdos mínimos con Duque presentándose como interlocutores fiables y sensatos. De esta manera, los intereses burocráticos, y también materiales, de la dirección estatal del CNP no se ven comprometidos a la vez que mantienen su autoridad. Sin embargo, la negativa del uribismo a dialogar con el CNP deja sin salida a la burocracia en medio de una situación de presión asfixiante.

En medio de la crisis brutal del capitalismo, la burguesía colombiana es incapaz de hacer ninguna concesión de fondo, de manera que tiene que recurrir a la represión y la sobreexplotación para apuntalar a su régimen. El planteamiento de Colombia Humana y el CNP, de hacer una oposición dentro del marco de la legalidad constitucional y la lógica de un sistema oligárquico que para sostenerse recurre a la represión brutal, choca con los límites de la realidad. Si se sigue por este camino, la consecuencia sería el agotamiento del movimiento, su fragmentación, y la supervivencia de un gobierno asesino sostenido sobre la violencia estatal.

El socialismo es la única salida

El pasado 12 de mayo se convocaron movilizaciones centralizadas en las ciudades, como repulsa a la violencia fascista sufrida por la Minga en Cali. Después de 14 días de paro indefinido, esta jornada volvió a ser un éxito completo, demostrando la resistencia, vitalidad y fuerza de las masas colombianas. Sin embargo, el mantenimiento del paro, de manera instintiva y espontánea, no puede sostenerse sin el apoyo de la gran mayoría de la población, entre la cual puede empezar a cundir el escepticismo si no hay avances en la lucha, y si no se presenta un programa convincente y realizable.

En este sentido, el ejemplo de organización en Cali marca el camino. No es ninguna casualidad que ni los paramilitares ni la policía puedan entrar en Puerto Resistencia o Loma Dignidad. Mediante la acción directa, en estos barrios se han logrado gestionar los recursos alimentarios y sanitarios, así como la autodefensa, a través de la democracia obrera aplicada, por ahora, de manera intuitiva. La creación de la Unión de Resistencia de Cali (URC), que aglutina a representantes de 21 barrios de la ciudad, es un gran paso adelante.

La tarea de la vanguardia revolucionaria en Colombia es profundizar en ese camino, y fomentar la organización de Comités de Paro en todos los barrios, centros de estudio, de trabajo, veredas y localidades para organizar la resistencia y aplicar las demandas de la población. Es necesario también fortalecer estos organismos y coordinarlos a nivel estatal, mediante delegados elegibles y revocables para unificar la lucha por todo el territorio. Esto sería un impulso formidable para la victoria del movimiento, arrastrando a los sectores más dubitativos.

La tremenda fuerza que las masas colombianas han demostrado tiene que ser aprovechada por la vanguardia revolucionaria para levantar un programa socialista que sí pueda resolver las necesidades de la clase trabajadora y el campesinado pobre: la nacionalización sin indemnización de la banca y los sectores estratégicos bajo control obrero, la distribución de la tierra acabando con el latifundismo, la defensa del medio ambiente y los recursos naturales frente al saqueo de las multinacionales, el juicio popular y el castigo a los cuerpos policiales, militares y paramilitares por la represión salvaje contra el pueblo y los 6.402 falsos positivos reconocidos.

El paro indefinido sostenido durante semanas, a pesar de la represión y las limitaciones de las direcciones reformistas, es una prueba del desarrollo y el avance de la conciencia de millones en Colombia. Los lejos que ha llegado la lucha en su conjunto, y en particular en Cali, demuestra cómo la correlación de fuerzas es totalmente favorable. En torno a la salida de Duque y su gobierno asesino, tiene que articularse un programa socialista que conecte con las aspiraciones y necesidades de la clase trabajadora, la juventud, el campesinado pobre y los indígenas. Luchar por la vía de los hechos para aplicar este programa y defender la vida, así como las conquistas alcanzadas, es la única salida a la miseria capitalista. Es la hora del socialismo en Colombia y en América Latina.

¡A parar para avanzar, viva el paro nacional!

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